Los Coen se “spielbergizaron”

TEMPLE DE ACERO

Eduardo Galeano decía que el Viejo Oeste era muy distinto a lo que nos mostraba Hollywood. Los cowboys, lejos de ser un John Wayne de ojos claritos, de rasgos faciales bien endurecidas y pelo brillante, eran una manada de señores sucios y roñosos, y que se emborrachaban por doquier (igual que Wayne). Los hermanos Coen, a partir de la adaptación de un filme que la misma estrella de cine protagonizó, deciden recrear ese universo en donde la tierra norteamericana iba a forjando la civilización, mientras que la barbarie no necesariamente estaba presente en las zonas de los indios.

La voz en off de una señora madura, llamada Mattie Ross, nos cuenta un relato de su juventud, encarnada por una joven actriz, Hailee Steinfield, segura de sí misma. Una niña de catorce años, amante de las leyes, que tuvo la desdicha de enterarse de que su padre fue asesinado. Su afán será encontrar al responsable para que sea juzgado. Siempre anteponiendo la justicia frente a la venganza. Para eso, contará con la ayuda del marshal Rooster Cogburn, un convincente Jeff Bridges, bebedor empedernido que ni siquiera sabe cuantos hombres ha matado y que no logra armarse un cigarro de tabaco. Junto con la colaboración, o con el estorbo, de un ranger de Texas LaBoeuf, un Matt Damon que con sus mostachos se deja en segundo plano, los tres impartirán en la búsqueda del asesino en tierra de nadie (de los indígenas), donde la civilización aún no ha ocupado terreno, como tampoco la ley.

Entusiasmados con la estética del clásico western, los hermanitos Joel y Ethan sacan provecho de la fotografía para retratar espacios en forma de  impresionismo, aunque no lo suficiente como lo habría hecho un John Ford.

La visión que tienen estos directores se conjuga el pesimismo con lo lúdico, por ende no es de extrañar que se hayan tentado por este tan amado género de cine. Sin embargo, la intención de los mismos de forjar la historia desde la vista de Mattie, que es la verdadera protagonista, provoca una ruptura repentina en su filmografía. Resulta que los personajes terminan provocando cierto cariño por parte de los espectadores. Es la primera vez que ocurre en un filme de los Coen. Quizás sea por el hecho de que el productor ejecutivo de este proyecto sea Steven Spielberg. El humor no está aquí presente para burlarse de los personajes, sino como una función edulcorante, y que además se sobresalta la simpatía misma por los mismos; típico del director de E.T. De hecho, el gracioso diálogo que encarna la niña con el comprador de algodón resalta la fiereza de la primera, aunque al final no logre llegar a ningún acuerdo para la historia del filme. Pero también hay desatinos, como la escena en que compiten los dos rudos personajes masculinos en una competencia de tiros, tirando trozos de pan por el aire.

Por más que este Jeff Bridges, no es El gran Lebowski. Y por más que este Josh Brolin, no es Sin lugar para los débiles. El único momento en donde los Coen están presentes es la enigmática secuencia del hombre ahorcado, en lo alto de una rama, finalizando con la charla del hombre con piel de oso en la cabeza.

Cogburn es más cercano a un ser que contradice la proclamación de Sarmiento que alguien que pretende ser histriónico. El temple de acero quedará verdadera registrada en su interminable cabalgata para transportar a una Mattie herida para salvar su vida.

Un filme que se contrapone al estilo del cine de culto de los hermanos, que no pretende ser grandilocuente como Sin lugar… o Un hombre serio. Pero su simpleza radica en como los sujetos de este mundo cabalgan en distintos rumbos, que terminan banalizando todo aquello que sea blando o de acero. Ese mismo temple que es capaz de arranacarle la lengua a alguien, termina su vida en un entierro cristiano, bajo un enorme resplandor, con el sello de Spielberg.

×××× Mirala nomás

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