La psicosis dionisíaca

EL CISNE NEGRO

En 1976, Brian DePalma filma la primera adaptación de una novela de Stephen King, Carrie, donde una niña se descubre así misma impulsos poco comunes, producto del sobreproteccionismo de su madre. En el 2010, Darren Aronofsky filma una obra muy parecida, El Cisne Negro. La diferencia es que DePalma sabía perfectamente que su imagen era un cine de terror. Aronofsky se entorpece así mismo con esas imágenes.

Natalie Portman es Nina, una joven entusiasta aprendiz de ballet, cuyo sueño es protagonizar El Lago de los Cisnes de Pyotr Tchaykovsky. En sus clases, su profesor (Vincent Cassel) anuncia a sus estudiantes la preparación de dicha obra, pero con un detalle especial: el cisne que espera a que el verdadero amor quebrante el hechizo, debe ser encarnado por la misma bailarina que personifique al lujurioso Cisne Negro.

Nina lucha con puntas de pie, inevitablemente enfatizados en planos detalles, para llegar a la perfección. Sus pasos son, en general, filmados con la intención de perseguirla hasta tener en claro la emoción que se expresa en su rostro durante su movimiento; casi nunca se la ve desde la perspectiva de la audiencia del teatro. “Pero la perfección no es sólo control”, le recrimina su profe. El equilibrio corporal que logra mantener nuestra protagonista no es lo necesario para construir aquel temible personaje.

Es desde allí, en donde Aronofsky salpica toda una serie de imágenes cruentas, provocadas por el desenfreno psicológico del personaje, tales como hechos imaginarios, movimientos en los espejos o fantasías sexuales. El director siempre se ha caracterizado por martirizar a sus propios personajes. En este caso, todo se concentra en la obsesión por el arte, para llegar a una conclusión bastante peligrosa. Todo sea por la búsqueda de lo precioso. Pero el filme, más que precioso, es de impresión.

La serie de eventos sanguinarios que surgen en el cuerpo de la Portman son tan reiterados, que ya es una obsesión por parte del director y no de su personaje. Los “espejismos” que crea Aronofsky no son claros en cuanto a su direccionalidad: no se sabe si son para asustarnos o como simple datos informativos.

La peli es como una mezcla de Réquiem por un sueño y de El luchador, ambas de Aronofsky. Mientras que el primero queda todo moldeado bajo un ordenado esquema narrativo, el segundo es más apacible y siempre pegado a los personajes. En nuestra película en cuestión, se combina alguna toma semejante a las que perseguían a Mickey Rourke, como también las que mostraban los momentos más esquizofrénicos del líder de 30 Seconds to Mars.

El Cisne Negro tiene una linealidad adecuada: la liberación dionisíaca de Nina. De hecho, y sin necesidad de recurrir al contrate por edición, la contraposición lo hace el propio espectador, al observar las prácticas del ballet con mucha anterioridad a la salida de una discoteca, combinada con pastillas.

El Cisne Negro es una obra impresionable, y no impresionante, cuyas imágenes terminan opacando la visión que pretende dar. En realidad, conviene ver Balas sobre Broadway, gran pieza de Woody Allen, con una temática parecida, pero con un destello audiovisual más apreciable.

×× Una pena con algún logro

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