Bloqueando palabras

Esta columna ha sido escrita diez horas después de terminado el bloqueo a una planta de impresora del diario Clarín. Pero en el momento en que esta columna está siendo leída por el queridísimo lector o lectora, es muy posible que al encender TN en la tele, se verá en la pantalla un zócalo con la frase “es el hecho más grave desde la restitución de la Democracia”.

Las imágenes reiterativas, registradas por la cámara de Todo Noticias, sirven más como un telón de fondo que como un sustento informativo. Salvo el plano detalle de la insignia de la CGT en el hombro de uno de los manifestantes, todos los planos generales marcan una enorme distancia del camarógrafo al asentamiento, provocando dificultades para conocer a simple vista lo que ocurre con precisión. Personajes que permanecen parados sobre la calle frente a la empresa con una pequeña fogata, oficiales armados con una ligera caminata y pancartas que no se logran leer por estar en un segundo plano. Se sabe que hay treinta guasos. Eso es lo que dicen los periodistas. Treinta tipos impidiendo la salida de los diarios impresos de Clarín y Olé. Los motivos no son claros. Se sabe, teniéndolo como pre-concepto, de la precarización gremial y laboral dentro de la AGR (Artes Gráficas Rioplatenses), una sociedad anónima que está en manos de la corpo. Los despidos es lo más materializado al conflicto, pero sin llegar a un nivel suficientemente mediático.

Estamos pasando un momento en donde nos llenamos la boca hablando de libertad de expresión, cuando en realidad lo hacemos en forma, conscientemente, parcializada. Los medios de información que forman parte del monopolio anuncian, junto con los amiguetes empresariales como ADEPA y la SIP, miopes a la hora de buscar tentáculos, un golpe gravísimo a la libre expresión. En contraposición, para las próximas horas, los periodistas afines al Gobierno limitarán su discurso en base a los motivos de la protesta, suponiendo que no hay intencionalidad política en el medio, sin profundización alguna sobre la metodología. Es decir, por un lado tenemos la victimización de un medio gráfico que regula el precio de papel a todo el país. Y por el otro lado, los burlones de la línea editorial del primero, que son los mismos que se callan la boca a la hora de hablar de las cagadas que se manda Martín García a la hora de informar en la Agencia Télam, de la confusa situación de Canal 9 por parte del empresario mexicano Ángel González, que ahora transmite los programas de Páka-Páka para zafar de la Ley de Medios, poniendo mucha tela sobre su secreta relación con el Gobierno; y de la dudosa diversidad de voces en la televisión pública. Dos versiones que no tienen intención de clarificar las cosas. Y en el medio: los despedidos. ¿Realmente nos importan los despedidos? Según el comentario de uno de los delegados despedidos, respondiendo ante la cámara de Canal 7, la situación comenzó hace seis años. Seis años. Canal 7 se enteró ayer.

Les habla alguien que apoya la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales. Pero también alguien que está en contra de la desaparición de cualquier medio de comunicación. Si venimos parloteando sobre la necesidad de la diversidad de voces, no podemos ser tan hipócritas en decir que está bien evitar la circulación de un diario. Aun cuando sea un cachivache como Clarín. Es repudiable que haya una desestabilización laboral como también lo es el no permitir la libre circulación de cualquier medio. Yo no sé si realmente hubo una protesta de trabajadores o fueron enviados por Moyano con la intención de apretar. No lo sé.

Sin embargo sé que el hecho más grave desde la restitución de la democracia, liderada por treinta tipos, es una mierda si se lo compara con otros hechos que atentaron contra la libertad de expresión en nuestro país y en plena democracia. Y sólo lo hicieron cuatro tipos:

Un tal Raúl Ricardo, con su entrega de radio Mitre para Clarín.

Un tal Carlos Saúl, con su obsequio de vía libre de monopolización para Clarín.

Un tal Eduardo Alberto, con el regalito sorpresa de fondos públicos para saldarles las deudas, tudo bom, tudo legal, para Clarín.

Y un tal Néstor Carlos, con el presente de diez años más de licencia y de la fusión Cablevisión y Multicanal, servido en bandeja, para Clarín.

¿Tenemos realmente la libertad suficiente como para hablar de libertad de expresión?

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