Los votos derramados

HIPÓLITO

La violencia política no es fácil de tratar: hay que estar ahí para asegurar una postura crítica. Muchos de los sucesos de la Historia Argentina se escribieron por cada gota de sangre derramada. Y en un proceso reiterativo se observa todo un encadenamiento hereditario. Hipólito, la ópera prima del cordobés Teodoro Ciampagna, parece un ensayo en relación a la valoración, o no, del sufragio, pero en realidad se engloba en aquel tema que quizás sea mucho más general. Otorga una profundización de la misma que se resbala por el borde de lo moral, bajo la proclama puritana acerca del legado que les estamos dejando a nuestros hijos.

Córdoba, 1935. Un joven abogado, afiliado a la Unión Cívica Radical, decide partir a un pueblo del interior, Plaza de Mercedes, para cumplir el puesto de fiscal de mesa para las elecciones a gobernador. Acepta a regañadientes, con tal de no soportar las desdichas de un padre encarnado por un Luis Brandoni cara-de-piedra, que por cierto tan breve de aparición como sublime.

De la ciudad al campo es un paso frustrante. Más aún al poner en descubierto el fraude autodenominado patriótico. Y más todavía si la solución a esto es levantar las armas. De allí surgirá el momento considerado como “basado en hecho real”: el tiroteo que transcurrió el 17 de noviembre en dicha localidad entre milicos y radicales insurgentes. Del mismo modo en que John Ford inventa una historia en base a un hecho real como fue el combate del O.K. Corral en Pasión de los fuertes, Teodoro hace lo mismo, bajo la aclaración de “nombres inventados”.

Hipólito puede considerarse, si la memoria de por medio no falla, como el primer filme de época cordobesa. Compatibilizar una fotografía con un gran reforzamiento de iluminación, y a la vez con un uso adecuado de sombras, con la tonada local es una experiencia que pocas oportunidades se puede tener.

Ciampagna filma en modo clásico y a veces se da el gusto de dar cierta impronta a determinadas tomas en donde se toma el tiempo de apreciación. Pero otras veces terminan cuajando con algunos cortes de por medio.

La pretensión de mostrar las desdichas de la Historia, con la intención de imponer el “eso esta mal”, pone en riesgo de caer bajo cierta afiliación predicadora. El montaje es toda una predicación, por suerte en el sentido cinematográfico. El uso de los sonidos de alta intensidad, que unen una escena con otra en medio de cortes directos, de alguna manera son avisos de lo que se avecina. La muy acertada escena de violencia final es ese eslabón historiográfico que condena toda la cronología argentina. Y que lo seguirá haciendo aún con la no muy acertada declaración que proclama nuestro protagonista a la hora de convencer a esos insurgentes de no levantarse.

El Hipólito de esta historia es un huérfano menor de edad, que solamente sabe dos cosas de su padre: que es radical y que tiene el mismo nombre que él. La inevitable referencia al primer presidente electo por el voto legítimo provoca una antinomia: la referencia al sujeto político del pasado producto de una lucha de militancia y el forjamiento del futuro desde la juventud. Eso es clave a la hora de ver en que costado se enmarca la película. O se crea un país en donde nuestros hijos tienen los oídos aturdidos por estruendos y lloriqueos de nuestras esposas. O lo hacemos leyéndoles una novela de Victoria Ocampo.

Hipólito es una película que pretende simplificar un tema de debate y, por ende, pone en riesgo de no generar ninguna profundización por parte del espectador. Sin embargo, el modo en que trata de aplicarlo lo hace desde la forma. O sea desde el cine. Allí esta radicada su valor de lucha.

×××× Mirala nomás

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