“Miau” allá del bien y del mal

EL GATO DESAPARECE

– Los perros, por ejemplo… ¿entienden?
– ¿Qué si los perros entienden? No entiendo, ¿que si entienden qué?
– Las cosas.
– No entiendo.
– Si ellos entienden las cosas.
– No comprendo la pregunta.
– Un perro, ¿puede entender si algo está bien o mal?
– Pues sí, los animales claramente pueden entender lo que está bien de lo que está mal.
– ¿Te referís a que un perro sí entiende lo que está mal?
– Si, creo que sí, pero esa no es mi especialidad.

El diálogo anterior, entablado entre Don Justo y una bióloga, le pertenece a la película Historias mínimas de Carlos Sorin. Este planteamiento que se dan los personajes, será nuevamente enfocado por el mismo director en El gato desaparece, sólo que esta vez con un tono más tétrico y oscuro que la que podría ofrecer las rutas patagónicas.

La primera escena es explicativa, pero hubiese sido aburrida si uno de los personajes no se aburría. Y si no se aburría, no hubiera hecho el retrato caricaturesco que tanto llama la atención a la cámara. Aunque esta escena no tenga suspenso, éste prólogo es ya de por sí hitchconiana: hay que mantener la atracción para el espectador. La aplicación del cine de Hitchcock de la mano de Sorin ya comenzó con el pie derecho.

Luís Luque es un profesor (de Literatura o de Historia) que acaban de darle el alta en un sanatorio mental, debido a una reacción violenta que tuvo con un colega suyo hace bastante tiempo. Beatriz Spelzini es la esposa de Luís que ha esperado el ansiado retorno. La readaptación de Luís a su vieja casa, ahora el tiempo a empujado a Beatriz a remodelarla, parece sencilla a simple vista.

Salvo un detalle: Donatello, el gato (inevitablemente negro para este género), rechaza a su dueño como un extraño. “No me reconoce. Si yo lo crié”, exclama sorprendido Luís. Las dudas de Beatriz sobre la cordura de su esposo quedarán acentuadas en su paranoia a partir de la desaparición del minino. Ahora, cada accionar de su marido, ya sea reacomodar los libros de su biblioteca o preparar un sushi es digno de ser visto con otros ojos.

Sorin juega con el espectador en base al temor mediante, por ejemplo, al enfoque de los rostros de los actores, en este caso profesionales, como también aquellos que no son vistos debido a que están en una cierta distancia espacial de la lente o estando fuera del campo. Es decir, la locura juega una alternancia en donde surge desde aquello que vemos como aquello que no vemos. Por lo tanto, suspenso clásico.

Lo que vemos en la pantalla es un suspenso puro de lo más clásico, lejos de la mezcla que se viene dando hoy en día que se lo confunde con la acción y el terror. Aquí no hay efectos especiales ni salpicaduras de sangre que valgan. Sólo un trabajo coordinado entre dos actores que expresan su más desenfrena preocupación y desesperación, y un director que maneja las tomas de tal modo que logra un manejo en la mente del espectador en base a especulaciones y manías. No sólo decidiendo que caras se exponen, sino en el acercamiento de ciertos objetos que conllevan una enorme carga dramática. Y más aún, cuando el espectador tiene presente que el final es inesperado.

En realidad, aunque sea un juego, se deja entreabierto a la hora de ver supuestas metáforas en el relato. El libro sobre Lenin, que el propio Luís se deshace, para luego ver fascinado la retrasmisión de la llegada del hombre a la luna, con cantito yanqui y todo, ¿pretende otorgar una visión personal del director sobre la Guerra Fría o una referencia comparativa? Pues como decía Hitchcock, para mandar un mensaje, está el correo.

Pero retomando el final inesperado, que es lo que pone en vilo al espectador desde el comienzo, ¿ta’ bueno ese final? Y, no es una de Shyamalan, pero personalmente no lo he esperado. De hecho, la antelación de la misma se forja a partir de un punto de vista completamente distinto al resto del metraje y es quizás lo que más atrapa del filme, y es mucho más valioso, e inesperado, que la resolución final, ya que en esa secuencia última se puede esperar cualquier cosa.

El gato desaparece es un cine de lo más clásico y atinado que ha dado el cine argentino, que por suerte no contaminado de cualquier cliché hollywoodense ultramoderno. Porque hay momentos en que se debe recordar en cómo las sensaciones, como es el miedo, pueden surgir desde el lado más naturalizado como puede ser una persona, un gato… o de nosotros mismos.

Nota: El “Mohamed Rajid” que aparece acreditado como el editor del filme es, en realidad, el mismo Carlos Sorin. La idea es homenajear al cine iraní que se viene dando hoy en día, de la mano de su más claro referente que es Abbas Kiarostami, del cual Sorin se siente muy identificado.

Entre un

×××× Mirala nomás

y un

××××× Recomendada

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