De Caravana y Revolución: ¿dos caras de una misma moneda?

No sólo hay un cine cordobés que se hace presente.

Sino que además es lo suficientemente presente como para generar polémicas.

Recuerdo el año pasado que tuve la posibilidad de ver dos documentales con tonada, Buen Pastor: Fuga de Mujeres, de Matías Herrera Córdoba y Lucía Torres, y Curapaligüe: memorias del desierto, de Sergio Schmucler. Más el pre-estreno de Los labios, co-dirigido por el cordobés Santiago Loza.

Ahora bien, a simple vista son filmes que se pueden analizar como casos aislados. Algo distinto podríamos decir de los de este año. Aquí, se hace presente una triada, en donde el que posee mayores recursos apreciables es el que tiene mayor difusión: De Caravana (los otros dos son El invierno de los raros e Hipólito).

En forma paralela, se ha encontrado recientemente en los cines, con mayor cantidad de funciones que la obra de Rosendo Ruiz, la película dirigida por el oriundo de la tierra del ferne´ con coca, Leandro Ipiña, acerca de la gesta de San Martín bajo el título de Revolución: El cruce de los Andes.

Resulta curioso observar con detenimiento el modo en que cada película ha pretendido forjar esta tan complicada mediación entre lo que sería la forma y el contenido.

En De Caravana, Rosendo narra una fábula cordobesa, pero lo cuenta en francés. Todo lo que se ve es de Córdoba, pero el léxico mismo no es característico de cualquier cine autóctono. El hecho de que la profundidad de campo baziniana, en donde el espacio se convierte en un recurso donde el espectador selecciona que elementos observar de la puesta en escena, se encuentra presente en la obra habla por sí mismo. Los elitistas de la Cahiers du Cinema utilizaron esta estrategia para evangelizar a ciertos grandes directores como Orson Welles o Jean Renoir. No sólo eso: del mismo modo en que Welles utiliza el blanco y negro para crear alguna escena intrincada de misterio y tragedia, Rosendo usa los colores para dar vida a la propia historia.

Cuando uno piensa en una comedia popular argentina en el cine… ¿qué es lo primero que pensamos? ¿Bañeros 3? ¿Una peli tele-novelesca con Adrián Suar? Rosendo no hace nada de ese estilo televisivo. Lo suyo no es un telefilme saturado de primeros planos de gente famosa, como tampoco se satura de un aburrido plano-contraplano. Utiliza una narración elitista para atraer un público masivo. Y funciona. El equilibrio temporal, espacial y antropológico de la cámara acercándose a un Laucha mientras le grita a Juan Cruz sobre la Sarita, para terminar con una fotografía de ella en la cama es una toma que remata con un humor acertado; y acertadamente cinematográfico.

La historia con Revolución se la toma en contramarcha. Ipiña comete el pecado que el propio Rosendo no se encaminó. Quizás sea por el hecho de que se dedica más a la televisión (estatal) que al cine. Televisión estatal que cumple un rol simbólico guiado al patriotismo. Hay que tener presente que esta obra sanmartiniana, realizada por el canal Encuentro y por Canal 7, esta hecha como un telefilme, hecha por gente que se dedica a eso.

El cine no es lo mismo que el telefilme. Las imágenes en pantalla gigante, dentro de un cuarto oscuro, es propicio para lograr una apreciación estética más detenida a lo audiovisual. Y cuando se habla de audiovisual se habla de imagen y sonido. Porque sólo queda eso: esa imagen y ese sonido. En cambio, una película hecha para televisión se maneja con otros códigos. El ambiente familiar, plagado de espacios y sensaciones visuales y sonoras, en donde el propio espectador es libre de seleccionar hacia que cosa prefiere que sus sentidos degusten, e incluso activar su propia fuerza de locomoción para tomar cualquier rumbo; más el hecho de que la imagen audiovisual se reduce a una caja (boba), empuja a esa imagen a utilizar otros códigos. El acotado espacio que dispone, más la competencia que tiene por lo que está más allá de la pantalla, no permite al ojo humano tener la disponibilidad, y la intención, de aprovechar ciertas apreciaciones que serían más apropiadas en una pantalla gigante. Por suerte, no necesariamente se habla de una condena al conservadurismo. Los planos aberrantes y con cortes abruptos en la novela Contra las cuerdas hablan por sí mismos.

Pero, ¿dónde está lo revolucionario en Revolución? La saturación de propaganda que los medios de comunicación estatales les ha otorgado es comprensible, sabiendo que el propio Estado ejerce un control de monopolio simbólico al sentido de la patria. Manipulación que no le ha dado cabida al rol cinematográfico.

El canal Encuentro ha generado una renovación estética en la televisión. El problema es que su mentor, Tristán Bauer, pasó todo un período en donde podía forjar una toma de gran relieve social y simbólico, como fue su ópera prima Después de la tormenta, para luego descubrir el aprecio al montaje y a los colores en su documental-experimental Cortázar, que sería un preanuncio al futuro canal, para concluir bajo un molde más norteamericanista de fervor patriótico mediante el golpe a la sensibilidad en Iluminados por el fuego.

Ipiña hace todo lo que ha hecho la etapa final de Bauer bajo una forma más burda y simplista. El comienzo del filme, el mapita de América del Sur, parece ser sacado de un documental hecho de manera muy mansa por Encuentro. La obra promete ser “revolucionaria” en el sentido de mostrar a un San Martín más humano y no como un estatua de bronce, como pretende la historia que nos enseñaron en los colegios, bajo el patrocinio de Billiken.

El problema es que Ipiña es devorado por el propio patriotismo ejercido desde el Estado, que deja a un lado su costado artístico: su hipocresía se adelanta al mostrar las montañas nevadas durante la presentación de los títulos. El espectador toma consciencia de la majestuosidad de las tomas aéreas y de lo intrincado que resulta ser que un hombre simple, junto a centenares de soldados, llegue a concretar semejante heroísmo.

El San Martín abatido por la fragilidad de su salud enaltece su figura de oro puro ante tanta resistencia. Finalmente: la secuencia última, el San Martín montado sobre las montañas, ¿no es acaso la imagen de un estratega billikeniana, glorificado por un gran amanecer?

Me arriesgaría a decir que Revolución es la contra-cara de De Caravana. Rosendo tiene su propia visión individualista, que lo comparte para crear una historia popular. Sin que ese populismo lo devore. Ipiña se deja caer frente a una pretensión chauvinista, en donde sólo queda lugar a la estética televisiva y una visión de la historia atrapada por el maniqueísmo; este último se hace notar a la hora de representar a los soldados realistas como bárbaros, violadores y carniceros (¿acaso no fueron también los hombres de Juan Manuel de Rosas los que cercenaban a sus enemigos y clavaban sus cabezas sobre una pica?).

En fin… che, culiao’ ¿quién se tomó todo el vino?

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