Justicia para La Pepa

NATI ES VARÓN
Por Andrés Acha (obtuvo el segundo premio en el Concurso Provincial de Periodismo “Rodolfo Walsh 2011”).

Cuando tenía 12 años Natalia intentó suicidarse tres veces en la misma noche. Ocurrió el día del cumpleaños de su papá. José no quería festejarlo pero Graciela lo comentó en la vereda y los vecinos llegaron con empanadas, pizzas, pollo, algo para tomar. Era inevitable la reunión. Había cierta excitación en la casa porque Graciela se postulaba ese fin de semana por primera vez como presidenta del Centro Vecinal de su barrio, Parque Liceo. A las diez de la noche Natalia apareció en la fiesta con la cara ensangrentada.

–No quiero vivir más –dijo.

Había dejado caer el peso muerto de su cuerpo atontado por las pastillas desde la cucheta de su pieza. Al volver del hospital todavía quedaban algunos vecinos alrededor de la mesa. Con Natalia descansando en la habitación, conversaron sobre lo que había pasado.

Hacía una semana que Natalia había cambiado las polleras por unas bombachas de gaucho y se había cortado el pelo. Se movía distinto.

Dos horas después, bajo el mismo cielo de la misma noche, volvió la sangre: un cuchillo en las muñecas. Otra vez las corridas, la ambulancia, el hospital, la desesperación, el desconcierto.

Volvieron a la casa. Con el lavaje de estómago hecho, las curaciones del golpe en la cara recién terminadas y los brazos vendados, en el cumpleaños número 32 de su padre, frenaron a Natalia segundos antes de que se cortara de nuevo.

Sus padres pensaban y no encontraban explicación a la insistencia de Natalia en quitarse la vida.

Esa misma noche la internaron. Era la mayor de los 10 chicos de la sala del hospital y no podían dejarla sola. Su mamá durmió casi un mes apoyada en la cama, con los brazos cruzados sobre el colchón, a los pies de su hija medicada.

Dos años después Graciela llamó a la psicóloga para revelarle lo que había descubierto sobre su hija, el porqué de los intentos de suicidio, de las depresiones y de su repentino cambio de vestuario y actitud.

–Licenciada, para mí Nati, se lo digo como madre, para mí Nati es varón.

A Natalia “La Pepa” Gaitán la asesinaron de un escopetazo en el pecho el 7 de marzo de 2010. Tenía 27 años. Pero eso pasó mucho después.

***

Graciela tenía 20 años y un hijo aquella noche de 1980 en la que conoció a José en un recital de la cantante Tormenta.

–Lo conocí y fue un impacto. Bailamos una pieza, me acompañó hasta la pensión, lo hice pasar a mi cuarto, nos pusimos a charlar y nunca más nos separamos hasta que se murió.

Graciela no sabía que estaba embarazada la tarde en que despidió a José, que se alejaba en tren rumbo al servicio militar obligatorio. Él regresó una semana después con una nota: no era apto porque tenía un dedo del pie encima de otro, y eso le iba a traer problemas con los borceguíes.

Ya había dos hijos en la familia (Diego y Mauricio) cuando Graciela le anunció a su novio que estaba embarazada de nuevo. José Gaitán le contestó con una promesa:

–Si es nena me caso con vos.

En 1982 nació Natalia, pero Graciela dice que le hizo una trampa al padre: “Nació nena para que se casara conmigo, pero después se hizo varón”.

***

Karen Herrera es una de las personas que mejor conoció a Natalia “La Pepa” Gaitán. Las presentaron y un mes después ya se habían mudado a una piecita de paredes ásperas. Vivieron juntas dos años hasta que se separaron en diciembre de 2009, cuatro meses antes del crimen.

Ahora Karen está sentada en el comedor de la casa que comparte con su mamá y su hijo Iván. Habla bajito, poco, pausado. Mira el mantel de hule, acomoda su cara redonda, morocha, y recuerda que a Pepa la conocía todo el mundo, que era muy simpática, muy linda; que le gustaba mucho bailar y el reggaetón de Don Omar. Dice que Pepa era muy familiera y que todos los domingos compartían una mesa larga y bulliciosa.

Recuerda también que Pepa amaba su moto enduro y que no se la prestaba a nadie. Que la moto tenía un número que la identificaba: el 43, la edad en la que murió su padre de un infarto. Dice que a Pepa esa muerte la afectó mucho.

Karen recuerda y parece cansada: “Tenía un altar con la foto de su papá, estampitas, santos, flores; le dedicaba canciones y de vez en cuando se deprimía porque lo extrañaba mucho. Cuando se ponía triste salía a dar vueltas en la moto”.

En el hombro izquierdo tiene un tatuaje que dice “Pepa”, con una estrella brillante que parece una varita mágica. Se lo hicieron juntas una tarde de calor. Pepa tenía el suyo en el cuello: “Una letra K, pero en chino”, dice Karen. Pepa tenía, además, otros tres tatuajes: la firma de su mamá en el hombro izquierdo, la de su papá en el derecho y el nombre de su padre, José, escrito en el antebrazo.

–Siempre decía que le hubiera gustado irse con su papá. Que se iba a ir con él porque lo extrañaba –dice Karen.

“Todavía no, pero sé que me voy a ir con él”, repetía.

Y Karen le decía callate, no digas esas cosas.

Mientras Pepa enfriaba su noviazgo con Karen, hacía todo lo posible para acercarse a Dayana, la hijastra del que sería su asesino.

***

Barrio Parque Liceo es una frontera. Más allá, se termina la ciudad. A la entrada las casas más coquetas brillan –farmacia, repuestos para el automotor, heladería–. Al cruzar la primera plaza las casas se achatan –jardincito al frente, su reja pesada–. Después de la segunda plaza hay menos flores y más paredones –dos pizzas: 30 pesos–. Del otro lado de la tercera plaza, al fondo, de noche, casi no hay luz.

Pepa vivía y trabajaba en la Asociación Civil Lucía Pía, una ONG que creó su papá y que hoy dirige su mamá. Ahí tienen una guardería-comedor, dan la copa de leche y talleres de capacitación gratuita: computación, peluquería, artesanía, repostería, electricidad y mecánica, corte y confección, cosmetología integral, pintura en tela.

En el barrio la conocen como La Sede. Es un salón rectangular con una cocina que parece cantina, una habitación y dos baños. Sobre un aparador hay un equipo de música y detrás cuelga una bandera del Club Atlético Belgrano.

“Llevo 23 años de trabajo social –cuenta la madre de Pepa–. Acá la carpeta asfáltica tiene nombre y apellido. El cordón cuneta tiene nombre y apellido. La contención social tiene nombre y apellido. Éste fue el primer barrio de Córdoba al que logramos cambiarle la cañería del agua. Conseguimos el terreno y el financiamiento para la escuela secundaria, que no había. Cuando se cerró la escuela primaria, en menos de 24 horas conseguí que nos prestaran unos terrenos para poner 30 contenedores donde darle clases a mil chicos. Ahora estoy luchando para construir un dispensario. No todos me quieren, pero el que no me quiere, me respeta”.

Por La Sede pasaban todos los días dos adolescentes vendiendo pan: Dayana y Sharon Sánchez. La madre de las chicas, Silvia Suárez –cocinera– y el padrastro, Daniel Torres –albañil–  estaban desocupados. Pepa les consiguió trabajo en La Sede y esa fue la manera más rápida que encontró para acercarse a Dayana.

Se hicieron amigos. Comían todos juntos, se reían, la pasaban bien. Silvia cocinaba, Torres revocaba y pintaba. Las chicas conversaban.

Pepa tenía mucho éxito con las mujeres. Silvia se enamoró de ella y la cosa comenzó a complicarse porque a Pepa le gustaba Dayana, la hija de Silvia, de 17 años. Y era correspondida.

El ambiente se enrareció mucho cuando Pepa y Dayana se pusieron de novias. Silvia le confesó a Dayana que estaba enamorada de su novia. Tuvieron varias discusiones hasta que su mamá la echó y por unos meses vivió con una tía.

Torres –petiso, retacón, pelo al ras, 35 años– tampoco toleraba que su hijastra saliera con Pepa. Además sabía que Gabriela Cepeda, la mejor amiga de Pepa, andaba atrás de Sharon, la más chica de sus hijastras, de 14 años. El albañil tenía a su mujer y a su hijastra enamoradas de Pepa y a Gabriela tratando de seducir a Sharon.

–Esto va a terminar mal –dijo Torres unos días antes del asesinato–. Me tienen cansado.

***

La tarde del homicidio, Pepa recortaba cartulinas para la guardería con su novia en La Sede. Hacía un mes que vivían ahí. Eran las 18.30 del sábado 6 de marzo de 2010. A esa hora llegó Gabriela Cepeda y les contó que había estado frente a la casa de los padres de Dayana y que se habían insultado.

Natalia Carrizo, vecina de Torres, dice que esa tarde Gabriela había pasado tres veces por el frente de la casa insultando y que, por eso, Silvia llamó a la Policía. Las llamadas quedaron registradas en el servicio de emergencias de la Policía a las 19.09 y a las 19.17. La vecina dice que el patrullero nunca llegó. La Policía asegura que un oficial tocó la puerta y el timbre.

La amiga de Pepa explicó que había vuelto a la casa de los padres de Dayana y Sharon, a una cuadra de La Sede, porque la madre de las chicas quería hablar con ella. Ahí, sentados en unas reposeras en la vereda, Silvia y Torres tomaban mate mirando hacia un ancho canal de concreto. Del otro lado, los autos pasaban a toda velocidad, ruidosos, por la Avenida de Circunvalación, que marca el límite final de la ciudad. Era una tarde de calor, las puertas estaban abiertas.

Cuando Pepa se asomó a la esquina para ver por qué su amiga se demoraba, vio que estaba peleando con Silvia. Pepa se acercó, forcejeó y le gritó al padrastro de su novia: “Sos un puto. Por qué sos tan maricón. Cuidala a tu mujer. Gorriado”.

La vecina de Torres salía de la ducha cuando escuchó los gritos. Se asomó por la ventana de chapa de su habitación y vio que Pepa insultaba a Torres. Lo invitaba a pelear.

–No. Qué te voy a pegar a vos si para mí sos mujer –respondió Torres.

Hacía tres años que Pepa practicaba Vale Todo, una disciplina en la que lo único que no está permitido es meter los dedos en los ojos y morder al contrincante. “Ella descargaba mucha de su depresión ahí”, cuenta la madre.

“Me voy a apurar porque esto va a terminar mal”, pensó la vecina.

Torres entró en su casa y salió al instante con una escopeta calibre 16 de un solo caño. Caminó por el sendero gris que sale de su vivienda, hizo varios pasos por la calle de tierra sin decir una palabra. Gabriela le pidió que dejara el arma, su mujer se le acercó para frenarlo y él le dijo “correte”. Pepa lo vio venir y le gritó: “Tirá si sos macho”.

En su habitación, mientras terminaba de cambiarse, la vecina escuchó una explosión. Corrió a la calle y vio a Pepa tirada en el suelo, mucha sangre, y a Torres con el arma en las manos.

–¿Qué hiciste? –le preguntó la vecina.

–Qué mocaso, qué mocaso –dijo Torres.

Eran las 19.37 cuando un oficial de la Policía recibió en su móvil el llamado de la Central, debía trasladarse a la Manzana 91 de Parque Liceo. Al llegar vio que Pepa estaba boca abajo sobre un charco de sangre. Varios vecinos le dijeron que Torres había disparado.

Sentada en su casa, con el pelo lleno de tintura, la madre de Pepa escuchó que la llamaban: “Doña, doñita. Venga que le pegaron un tiro a la Pepa”. Salió. Corrió. La vio: “Tenía un hueco como el de Terminator en el hombro”, dice.

Torres se escapó en una moto y minutos después llamó a su mujer. Le dijo que se quería entregar y que la escopeta estaba en el techo de la casa del mismo vecino que se la había prestado dos semanas antes. También habló con un policía que le aconsejó que no volviera al lugar porque lo iban a linchar. La Policía lo fue a buscar a la esquina de Niceto Vega y Escalada de barrio Patricios. Confesó todo.

Pepa no aguantó la cirugía con la que intentaron salvarla y murió a las 2.15 del día siguiente. “Apenas falleció mi hija llamé a la Unidad Judicial de la Comisaría y les dije que le avisaran a la mugre de Torres que se había dado el gusto de matarla. Y les dije que me la había matado por lesbiana”, cuenta Graciela.

***

La madre de Pepa fue a canales de televisión, a radios, la entrevistaron en diarios y revistas, apareció en documentales, marchó por las calles con una pancarta que pedía “Justicia para Natalia y para todxs”. Se presentó en Tribunales para convertirse en querellante en la causa que investiga la muerte de su hija. Dio discursos en plazas públicas, subió a escenarios y estuvo en el Concejo Deliberante cordobés cuando se declaró al 7 de marzo (fecha en la que asesinaron a Pepa) como el Día Municipal de Lucha Contra la Discriminación por Orientación Sexual e Identidad de Género. Habló ante miles de personas que pedían la aprobación del matrimonio igualitario frente al Congreso de la Nación:

–No soy yo la que está aquí, es Nati. Pido que los dejen volar, que los dejen elegir. ¿Dicen que están enfermos? Enfermas son esas mentes de mosquitos que dicen que ser lesbiana, gay, trans es estar enfermo. Lo único que hacen es derramar amor. ¿Por qué no los dejan elegir?

Graciela Gaitán lleva a todos lados una carpeta con sus papeles y algunas fotos. Natalia en un acto de escuela con el pelo corto y mirando seria a la cámara. A los 12 años, junto a su papá, semanas después de los intentos de suicidio. A los 24, en el cumpleaños de 15 de su hermana menor, relajada y con una gran sonrisa haciendo señas a la cámara. Poco antes de su muerte, hablando por teléfono, con un piercing en una ceja y otro en el labio, pelo cortito, tatuaje en el antebrazo, media sonrisa de lado.

***

La última vez que alguien del barrio vio a Daniel Torres fue en la televisión, en febrero, en La Casa del Trovador, un programa de música folclórica que se transmitió desde la cárcel de Bouwer. Torres estaba entre el público. “Se suponía que los que estaban ahí eran los más buenitos”, contó Nelson, el manager de Brisas del Norte, una de las bandas que tocó ese día.

Después del asesinato, Silvia Sánchez se mudó a otro barrio: Villa Boedo. Sus hijas viven con ella. Dayana trabaja en un puesto de teléfonos celulares en una sucursal del supermercado Mariano Max. La vieron junto a su hermana, Sharon, en un baile de La Banda de Carlitos. Gabriela Cepeda, amiga de Pepa, se siente culpable por lo que pasó. Vive con su familia en Villa Retiro.

Graciela Gaitán, la madre de Pepa, espera el juicio que comenzará el 26 de julio a las 9.30 en la Cámara Séptima de Tribunales II. Ahora, en esta tarde fría, Graciela fuma en el asiento del acompañante de un Peugeot 504 que conoció épocas mejores. Para ir al Cementerio Parque Los Álamos hay que cruzar el fondo de su barrio:

–Mirá como sopla ese. Después salen a echar moco –dice Graciela. Y señala a un chico que aspira pegamento sobre un jardín sin flores.

El auto se queja con los baches de un bulevar, toma una calle con árboles amarillos, sigue por una ruta con curvas. El paisaje se vuelve serrano: al costado del camino hay cada vez menos casas, más campo –se venden lechones–. La tierra está mojada por una llovizna triste, el limpiaparabrisas rechina, llega un silencio pesado.

En el cementerio, el aire apenas mueve las copas de los árboles deshilachados por el invierno. Las pisadas no hacen ruido sobre el césped mullido y seco. Graciela levanta la vista, prende otro cigarrillo y repasa la lista de sus muertos: “Allá está la mamá de un nietito mío. 24 años tenía. Allá un primo de la Nati. También lo mataron, el mismo día que a ella pero dos años antes. Dos tiros en el pecho. Acá está mi suegra, Lucía Pía. Por ella la Asociación Civil se llama así.

También está mi suegro. Acá, al lado de Nati, está el padre. Dicen que el juicio por el asesinato de Nati va a terminar el nueve de agosto, justo el día del cumpleaños de su papá. Es cierto eso de que cada muerte tiene su dolor. Una muerte por accidente tiene su dolor. Una muerte por enfermedad tiene otro dolor.

Pero una muerte así…”.

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