El legado de Néstor

Lo que nos dejó Néstor a nuestro país es todo un cúmulo de dudas e interrogantes que debería sobrevolar a cualquier analista de izquierda. El problema es el enfrentamiento que esto genera con el ejercicio estatal de convertir a su figura en un santo patrono.

Se cumple un año del repentino fallecimiento de Néstor. Cuando llegó ese momento, algunos ni se enteraban porque se la pasaban censando por las calles. Otros no sabíamos en qué momento observar ese momento. ¿En qué momento se podría comprender ese momento? ¿En lo que hubo antes? ¿En lo que vendrá? ¿En lo que pudo ser?

Todos se preguntaban qué le esperaba al país, sabiendo de las inquietudes existentes sobre si el partido político, que tomó las riendas para manejar el país, podría contenerse sin su líder y fundador. En aquel entonces, mientras ciertos medios de comunicación se enganchaban por los pronósticos económicos, yo siempre pensaba que en realidad éste momento era el propicio para repasar todo lo que se dejó. De qué nos deparó Néstor en el país, de las huellas que dejó, de todo aquel rastro que marcaría el próximo rumbo de un pueblo. Si había un momento en donde todos podíamos profundizar sobre la construcción de un futuro, a partir de la comprensión de un pasado reciente, ese fue el momento.

Hoy, sólo veo construcciones estrambóticas.

Néstor se convirtió en una esencia  simbólica que, de un día para el otro, prendió una llama en los sectores más juveniles y que había recuperado la política como un camino de esperanza hacia el cambio. Toda esa oración anterior es la visión operante que se pretendía proclamar como la coyuntura social actual, con una justificación empírica. Cientos de miles de jóvenes acompañando el féretro. Una imagen que se hacía enganche con la reencarnación de la juventud militante y la esfumación de la juventud perdida. Yo lo veía por televisión. Apagaba el televisor, me iba a la facultad y la realidad era la de siempre: las llamas seguían apagadas. Y si no es en la facu, escenario de la dominación de la visión democrática representativa-partidaria, ¿en qué otro escenario podría buscarlo?

Néstor es el nombre de un aeropuerto, de un puente, de una ruta, de una escuela, de un monumento, de una calle, de un torneo de fútbol, del auditorio de Radio Nacional Córdoba, de todo. Todo por su militancia. Es un golpe bajo mencionar que Mariano fue asesinado una semana antes. Pero que nadie le haga una placita a su nombre, aún cuando el que les escribe está en contra de la cultura de los monumentos, ya de por sí habla de un monopolio de la militancia.

Néstor se convirtió en el Eternauta que se enfrentó contra toda aquella nevada que pretendía destruirlo. Esa nieve tan venenosa no podría entrar por un traje de buzo. Él lo sabía. Porque conocía esa nieve.

Su modelo político emergió a nivel nacional. Nunca provincial. El giro discursivo que marcó en la historia reciente de nuestro país sólo podía esperarse cuando se sentase en el sillón de Rivadavia. Su tierra santacruceña jamás le otorgó su interés por los 24 de marzo, por la lucha contra los monopolios mediáticos, contra la soja, contra las privatizaciones. Néstor fue una pieza como cualquier otro en el amorfo mundo de la contextualización. Habrá sido las revueltas sociales del diciembre del 2001 que lo empujó a llevar a cabo una partida que, en su esencia, llevaba una contrapartida a su gestión como gobernador.

Pero esa contrapartida fue siempre progresiva. Los juicios a los militares era una meta que el país merecía llegar. Él lo sabía. O por lo menos eso creo yo. Con Clarín se podía meter la mano. Total, así es la política diría. Él lo pensaba así. O por lo menos eso creo yo.

Hoy, su amada inmortal es la presidente con mayor poder en la historia reciente de la argentina; sin oposición, con los medios hegemónicos  en fracaso de persuasión, con el apoyo de figuras destacables de la cultura, de los derechos humanos, de la política, y de un largo etcétera. Hoy se construye una hegemonía nacional, con los números económicos en alza; bueno, siempre y cuando los inversores extranjeros no quieran llevarse lo suyo por la crisis mundial o que termine bajando el precio de la soja. Que sólo sería visible mediante la concreción de todas las proclamas populares y de la profundización de todo aquello que falta. El problema con la hegemonía es que es más foucoultiana que gramsciana: siempre nos impone qué pensar y cómo. El Nunca Menos dejaría de ser un eslogan electoral para convertirse en la síntesis de lo real. Aún con la escalada de violencia más feroz que se ha vivido en años: Indoamericano, León Suárez, Formosa, Jujuy, desalojos de la policía federal, patotas sindicales, etc. Y con Julio y Luciano aún desaparecidos. Todo ello no entraría en el orden del discurso del Nunca Menos.

Néstor empujo todo un revisionismo sobre lo que significa la política. Mientras los de la derecha siguen viviendo en su nube de pedo, las izquierdas de distinta calaña no pueden digerir el presente y lo que vendrá, sin degustar el significando operante del kirchnerismo.

Una lectura más que interesante. Lástima que el aparato estatal lo empobrezca con sus figuritas evangelizadoras.

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