La naturaleza y la gracia

EL ÁRBOL DE LA VIDA

Dos películas: El hombre que podía recordar sus vidas pasadas y El árbol de la vida. Tienen tres puntos en común: A) Utilizan la expresión audiovisual para plasmar lo esotérico; B) Ganaron la Palma de Oro en Cannes; y C) Se estrenaron en Córdoba el mismo año (esto último no es tan rebuscado si se fijan que Rosetta se estrenó el año pasado y recibió la Palma en el ‘99). La diferencia está en que nadie cuestionó al primero de recibir el galardón. El segundo… bueno, es tan discutible como el sentido de la vida.

Un pasaje bíblico permite iniciar la coyuntura del punto A). El cineasta Terrence Mallick (el mismo que realizó La delgada línea roja y El nuevo mundo) sabe que no encontrará un ser trascendental que le pueda responder a Job. Por ende, se la rebuscará con el cine para resolver esta encrucijada.

Una aurora se presenta, posiblemente Dios. Un matrimonio (Brad Pitt y Jessica Chastian) sufre por la pérdida de uno de sus hijos. La fe no logra consolarlos: “Ahora está con Dios”, atiende el cura; “Él ya estaba con Dios”, replica la madre.

Para hallar ese consuelo, se necesita empezar desde el principio. Llamaradas de fuego para crear una estrellas, movimientos rocallosos para forjar un planeta, erupciones químicas para la formación de las primeras células, los primeros organismos complejos realizando danzas en el océano, el dilema de un dinosaurio carnívoro, el impacto de un meteorito para comenzar de nuevo. Finalmente, el nacimiento del primer hijo del matrimonio: Dios crea tanto como nos quita tanto.

Malick realiza toda una serie de registros para armar un cuadro fragmentado. Ya sea los niños jugando a la hamaca o persiguiendo burbujas, la luz consigue una apreciación celestial y la banda sonora de música clásica como viejo estereotipo de proclamación angelical. El montaje como la construcción de un calidoscopio cinematográfico y los pasajes sueltos que reemplazan algunos diálogos.

La primera mitad del metraje es el verdadero filme. Un recorrido cuya densidad se aprecia a la hora de dibujar una danza cósmica, de lo más grandilocuente a lo más hogareño. La segunda, todo lo que es existencial y metafísico se reduce, hasta quedar añicos, en un drama familiar en donde vemos no a un Brad Pitt cariñoso, sino a un exigente que endurece a sus hijos en un mundo donde se ha perdido el rumbo. Sean Penn muestra su rostro decrépito como el hijo mayor ya adulto, enfrentado a toda una civilización hecha de paredes y cristales, donde las tomas contrapicados muestran el tamaño supremo que lleva la humanidad en contracara con el pequeño jardín del padre. El modo de saciar el vacío será mediante un portal, donde el mar y la arena unen esa transición en donde el tiempo y el espacio no existen. Salvo el momento en donde la esposa permanece fluida por otras dos figuras femeninas, toda la construcción trillada no rebalsa en una determinación misma de descubrimiento sino en una posibilidad que atina en el camino fácil, sin construir una imagen que refleje la propia incertidumbre.

El árbol de la vida tiene sus tropiezos. Pero si sólo nos fijásemos en su direccionalidad, ya de por sí se habla de una evaluación netamente cinematográfica. Existen dos caminos a recorrer: el camino de la naturaleza y el camino de la gracia. Sólo con el camino de la gracia se obtiene un final feliz. Malick pone en duda ese mismo principio: la divina proporción sólo podría hallarse en el mundo sensible. Y el cine, como toda arte, busca lo místico en el mundo perceptivo.

Entre un

×××× Mirala nomás

y un

××××× Recomendada

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