Dos artículos sobre De Caravana

Con el estreno de la ópera prima de Rosendo Ruíz en los cines de Buenos Aires, re-publico dos artículos míos sobre la peli. El primero, una crítica cinematográfica. Y el otro, un comentario analítico. 

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André Bazin se ha tomado todo el vino

Algún que otro crítico define a Juan José Campanella como un narrador de historias argentinas, pero que los cuenta en inglés. En ese término, podemos decir que Rosendo Ruíz narra una historia cordobesa, pero contada en francés. De Caravana aplica una narratividad basada en la proclamación de ciertos grupos elitistas donde definían qué cosa era el cine, para poder contar una fábula de interés popular. Esta interrelación entre la elite y lo popular, a simple vista contradictoria, se aplica en forma exitosa y sin recurrir a una selección arbitraria.

Podría decirse que el filme es una adaptación libre del tema El amor puede más, del Potro Rodrigo, aunque la situación de género es inversa: Juan Cruz es fotógrafo, vive en el Cerro, “la zona de los chetos”, sus amigos viven en countries, en pocas semanas dará una exposición artística propia en el Carrafa, y la empresa que le da el pan de cada día lo envía a un recital de cuarteto para sacar algunas fotos. Sarita, quizás viva cerca por Alberdi, después de “curtir” con el Laucha, se va a divertir junto con su amiga travesti, la Penélope. Un recital del cuartetazo será el escenario de una unión interclasista. Allí, todo queda retratado bajo las enormes filas de la entrada, los detalles de que cómo la cana realiza los cacheos, los dedos de las manos para nombrar los nombres de barrios… Evidentemente, la cámara tiene ojos de comechingones.

Todo será dificultoso para Juan Cruz cuando, entre un hecho y otro, termine siendo presionado por estos personajes, liderados por el Maxtor, que se hace el amenazante con una navaja pero que es más bueno que el ferne´con coca, para trabajar como distribuidor de ciertas mercaderías. Así, Rosendo crea un cuarteto de oro digno de fanatizar a cualquier amante del cine de enredos. La antropología lúdica permite que la historia cobre tanta vida como un tema de La Mona potenciada bajo colores intensos y llenos de vigor. La alegría de ver la actitud novata del Juan, los sacados de quicios del Maxtor por alguna que otra chiquilinada de la Penélope o el canchereo intelectual del propio Maxtor a la hora de hablarnos del arte (cuando él mismo reconoce que hace música para levantar minas) son elementos que se expresan en una diégesis construida en forma tal que queda lejos de cualquier comedia telenovelezca barrial.

Y es que Rosendo toma en cuenta la utilidad de los movimientos de cámara, como así también la profundidad de campo, para recrear una coordinación del tiempo y el espacio que en sí funciona para que los personajes cumplan su función. Muy pocas oportunidades se han tenido la posibilidad de ver cómo una comedia nacional se aprovecha del recurso propuesto por Bazin, la democratización dentro del campo, para lograr un chiste efectivo. Los extensos, y más que interesantes planos, demuestran la importancia que le da Rosendo a la hora de escribir (para compararlo con la literatura) las imágenes. Un plano general, en donde un efusivo Laucha le habla al Juan, mientras nos acercamos cada vez más hacia él, observando aún más sus rasgos faciales, para luego terminar con una escandalosa foto, está construido en base a un fin humorístico. Y siempre bajo términos del cine.

De Caravana es una sorpresa cinematográfica. Es una pulga que sale del frasco, como diría Maxtor. Son miradas y oídos que no pretende serlo para ciertos privilegiados, ni para ser una mercadería populista. Todo gira en base a expresar un cierto cariño a una ciudad, en donde un pequeño carruaje que lleva a los tortolitos por la avenida General Paz, como un ridículo plan estratégico final para secuestrar a la Mona, son expresiones en donde un artista trata de explayar su forma de querer a una ciudad, bajo un molde que sólo el cine puede ofrecer.

Nota: dentro del filme, hay un par de guiños a las otras dos películas cordobesas que se estranaron previamente: Hipólito y El invierno de los raros.

××××× Recomendada

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De Caravana y Revolución: ¿dos caras de una misma moneda?

No sólo hay un cine cordobés que se hace presente.

Sino que además es lo suficientemente presente como para generar polémicas.

Recuerdo el año pasado que tuve la posibilidad de ver dos documentales con tonada, Buen Pastor: Fuga de Mujeres, de Matías Herrera Córdoba y Lucía Torres, y Curapaligüe: memorias del desierto, de Sergio Schmucler. Más el pre-estreno de Los labios, co-dirigido por el cordobés Santiago Loza.

Ahora bien, a simple vista son filmes que se pueden analizar como casos aislados. Algo distinto podríamos decir de los de este año. Aquí, se hace presente una triada, en donde el que posee mayores recursos apreciables es el que tiene mayor difusión: De Caravana (los otros dos son El invierno de los raros e Hipólito).

En forma paralela, se ha encontrado recientemente en los cines, con mayor cantidad de funciones que la obra de Rosendo Ruiz, la película dirigida por el oriundo de la tierra del ferne´ con coca, Leandro Ipiña, acerca de la gesta de San Martín bajo el título de Revolución: El cruce de los Andes.

Resulta curioso observar con detenimiento el modo en que cada película ha pretendido forjar esta tan complicada mediación entre lo que sería la forma y el contenido.

En De Caravana, Rosendo narra una fábula cordobesa, pero lo cuenta en francés. Todo lo que se ve es de Córdoba, pero el léxico mismo no es característico de cualquier cine autóctono. El hecho de que la profundidad de campo baziniana, en donde el espacio se convierte en un recurso donde el espectador selecciona que elementos observar de la puesta en escena, se encuentra presente en la obra habla por sí mismo. Los elitistas de la Cahiers du Cinema utilizaron esta estrategia para evangelizar a ciertos grandes directores como Orson Welles o Jean Renoir. No sólo eso: del mismo modo en que Welles utiliza el blanco y negro para crear alguna escena intrincada de misterio y tragedia, Rosendo usa los colores para dar vida a la propia historia.

Cuando uno piensa en una comedia popular argentina en el cine… ¿qué es lo primero que pensamos? ¿Bañeros 3? ¿Una peli tele-novelesca con Adrián Suar? Rosendo no hace nada de ese estilo televisivo. Lo suyo no es un telefilme saturado de primeros planos de gente famosa, como tampoco se satura de un aburrido plano-contraplano. Utiliza una narración elitista para atraer un público masivo. Y funciona. El equilibrio temporal, espacial y antropológico de la cámara acercándose a un Laucha mientras le grita a Juan Cruz sobre la Sarita, para terminar con una fotografía de ella en la cama es una toma que remata con un humor acertado; y acertadamente cinematográfico.

La historia con Revolución se la toma en contramarcha. Ipiña comete el pecado que el propio Rosendo no se encaminó. Quizás sea por el hecho de que se dedica más a la televisión (estatal) que al cine. Televisión estatal que cumple un rol simbólico guiado al patriotismo. Hay que tener presente que esta obra sanmartiniana, realizada por el canal Encuentro y por Canal 7, esta hecha como un telefilme, hecha por gente que se dedica a eso.

El cine no es lo mismo que el telefilme. Las imágenes en pantalla gigante, dentro de un cuarto oscuro, es propicio para lograr una apreciación estética más detenida a lo audiovisual. Y cuando se habla de audiovisual se habla de imagen y sonido. Porque sólo queda eso: esa imagen y ese sonido. En cambio, una película hecha para televisión se maneja con otros códigos. El ambiente familiar, plagado de espacios y sensaciones visuales y sonoras, en donde el propio espectador es libre de seleccionar hacia que cosa prefiere que sus sentidos degusten, e incluso activar su propia fuerza de locomoción para tomar cualquier rumbo; más el hecho de que la imagen audiovisual se reduce a una caja (boba), empuja a esa imagen a utilizar otros códigos. El acotado espacio que dispone, más la competencia que tiene por lo que está más allá de la pantalla, no permite al ojo humano tener la disponibilidad, y la intención, de aprovechar ciertas apreciaciones que serían más apropiadas en una pantalla gigante. Por suerte, no necesariamente se habla de una condena al conservadurismo. Los planos aberrantes y con cortes abruptos en la novelaContra las cuerdas hablan por sí mismos.

Pero, ¿dónde está lo revolucionario en Revolución? La saturación de propaganda que los medios de comunicación estatales les ha otorgado es comprensible, sabiendo que el propio Estado ejerce un control de monopolio simbólico al sentido de la patria. Manipulación que no le ha dado cabida al rol cinematográfico.

El canal Encuentro ha generado una renovación estética en la televisión. El problema es que su mentor, Tristán Bauer, pasó todo un período en donde podía forjar una toma de gran relieve social y simbólico, como fue su ópera prima Después de la tormenta, para luego descubrir el aprecio al montaje y a los colores en su documental-experimental Cortázar, que sería un preanuncio al futuro canal, para concluir bajo un molde más norteamericanista de fervor patriótico mediante el golpe a la sensibilidad en Iluminados por el fuego.

Ipiña hace todo lo que ha hecho la etapa final de Bauer bajo una forma más burda y simplista. El comienzo del filme, el mapita de América del Sur, parece ser sacado de un documental hecho de manera muy mansa por Encuentro. La obra promete ser “revolucionaria” en el sentido de mostrar a un San Martín más humano y no como un estatua de bronce, como pretende la historia que nos enseñaron en los colegios, bajo el patrocinio de Billiken.

El problema es que Ipiña es devorado por el propio patriotismo ejercido desde el Estado, que deja a un lado su costado artístico: su hipocresía se adelanta al mostrar las montañas nevadas durante la presentación de los títulos. El espectador toma consciencia de la majestuosidad de las tomas aéreas y de lo intrincado que resulta ser que un hombre simple, junto a centenares de soldados, llegue a concretar semejante heroísmo.

El San Martín abatido por la fragilidad de su salud enaltece su figura de oro puro ante tanta resistencia. Finalmente: la secuencia última, el San Martín montado sobre las montañas, ¿no es acaso la imagen de un estratega billikeniana, glorificado por un gran amanecer?

Me arriesgaría a decir que Revolución es la contra-cara de De Caravana. Rosendo tiene su propia visión individualista, que lo comparte para crear una historia popular. Sin que ese populismo lo devore. Ipiña se deja caer frente a una pretensión chauvinista, en donde sólo queda lugar a la estética televisiva y una visión de la historia atrapada por el maniqueísmo; este último se hace notar a la hora de representar a los soldados realistas como bárbaros, violadores y carniceros (¿acaso no fueron también los hombres de Juan Manuel de Rosas los que cercenaban a sus enemigos y clavaban sus cabezas sobre una pica?).

En fin… che, culiao’ ¿quién se tomó todo el vino?

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