Silvio Rodríguez en la UNC: “El Che animó mis convicciones”

Crónica hecha por su humilde servidor sobre la visita de Silvio Rodríguez a la UNC para recibir el Doctor Honoris Causa, publicado para CbaNoticias.

Por Lea Ross (ideascasiprinciplaes.wordpress.com)  |redaccion@cbanoticias.net

Fotos: Anita, del colectivo Insurgentes.

El miércoles 09 de noviembre, el cantautor cubano recibió el Doctor Honoris Causa de la UNC. En la ceremonia, valoró a Ernesto Guevara, como emblema y como persona humana. Destacó la necesidad de la visión internacionalista: “Seguimos siendo un mundo indignado”.

 “Vamos entrando que ya comienza”, exigían los que recibían las entradas. Eras las cinco de la tarde. Entrábamos y no cabíamos. Nos subieron en las butacas de arriba. Allí se vislumbraba todo cuerpo sentado en su butaca. Y en realidad no comenzaba nada.

“Favor de sentarse en las butacas y no por los pasillos laterales. Es por cuestión de seguridad”, pedía el orador. No había manera de conseguirse uno para sentarse. No comenzaba nada.

Dos tipos con handy custodiaban por breves momentos el escenario. Uno de color rojo, otro azul. La mesa redonda con cinco asientos libres. Las banderas de Argentina, Cuba, el de la UNC y el de la provincia de Córdoba permanecen sin flamear al lado del atril. No comenzaba nada.

A las cinco y treinta y cinco. Comenzó de la nada.

Los aplausos tronan el ambiente.

Silvio, junto con los otros cuatro que lo escoltan, acompaña también con las manos. Su presencia con una remera negra, con una pequeña insignia de la bandera de Cuba, sus anteojos y prominente entrada en la cabeza resaltan su presencia física.

De a poco, los aplausos se hacen a pié. Hasta que finalmente, la ovación se trona a pie en forma completa. Un par de chicos agitan dos banderas rojas. Una con la silueta oscura del Che; en el otro no se logra ver la insignia.

Todos se sientan. Mientras el orador continua con la coordinación vocal, Silvio saca una foto al público con una máquina profesional. Un chin-chin se encarna en ciertas alegrías faciales.

Todos a pie para cantar el Himno Argentino. Cada mano posee su expresión. Los chicos de las banderas rojas empuñan las suyas al techo. Otros cruzan sus dedos como una

proclamación de fe. Otros, con el dedo índice y medio (¿peronista?). Uno permanece sentado y tranquilo. En sus brazos tiene una nena en plena adormecimiento.

Aplauso del cierre. Ahora, el himno de Cuba. Se escucha más la melodía que el canto. Silvio, con los labios sellados.

La rectora Carolina Scotto ofrece su discurso. Silvio parece que mastica chicle.

Luego de la misma, se realiza la lectura de la resolución que llevó a este encuentro y que fue aprobado por el Consejo Superior. Condición suficiente como para entregar el diploma del Doctor Honoris Causa.

¡Ah, una cosa! La resolución fue propuesta por los consiliarios de la agrupación AIEL.

“Olé, olé olé, oleee…. Silviooo, Silviooo”, cánticos que van en acorde con el ritmo de los aplausos.

También se le regala una copia del manuscrito de la reforma de 1918 y tres libros, entre ellos uno que habla de los movimientos reformistas. ¿De los movimientos revolucionarios ninguno?

Finalmente, la hora marca las seis y diez. Momento en que Silvio se va al atril.

“Perdón por llegar tarde”, pronuncia con su voz caribeña. “¡Te perdonamos!”, grita una voz femenina, con incierto origen pero claro en su entonación. “Iba a explicar porqué, pero me parece que con eso basta”, replica el artista.

“Nunca he considerado recibir honores. Ni ahora, ni después”, responde. Aunque considera que “se necesita mucha suerte” como para llegar adonde está ahora, en la distinción que se le otorga, en el lugar histórico que a él le ha tocado.

“Me conmueve cuando gritan o claman a Cuba, porque pienso que sí merece otras cosas”, resalta además.

“La rectora me dijo que ustedes quieren que yo cante”. Un sí fervoroso se hace temblar. Silvio prepara una entonación, sin guitarra ni instrumento a mano que valga, crea en letra y melodía una canción que su madre le cantaba de niño.

“Creció una flor a orillas de una fuente,

más pura que la flor de la ilusión

y el huracán tronchola de repente,

cayendo al agua la preciosa flor.

Un colibrí que en su enramaje estaba

corrió a salvarla solícito y veloz,

y cada vez que con el pico la tocaba,

sumergíase en el agua con la flor.

El colibrí la persiguió constante

sin dejar de buscarla en su aflicción

y cayendo desmayado en la corriente

corrió la misma suerte que la flor.

Así hay en este mundo seres

que la vida cuesta un tesoro.

Yo soy el colibrí si tú me quieres,

mi pasión es el torrente y tú la flor.”

Aplausos irremediables.

Llora un bebé.

Con texto ya escrito, aún con sus esfuerzos: “si puedo leer… cosa que dudo…”

“La idea de ser internacionalista era lo máximo. Yo no lo entendía. No entendía la idea de ayudar a otros países cuando el nuestro faltaba mucho”. Hasta que apareció aquel argentino que salió de Sierra Maestra. El “internacionalista solidario”. “Él animó mis convicciones”, replica.

Llora un bebé.

El Che como propulsor de aquellos primeros temas que lo llevarían a crear sus líricas desde el comenzó.

Llora un bebé. “¡Callate nena yanqui!”, alguien grita al fondo. “¡¿Por qué le dijiste así?!, grita enfurecida una mujer al gritador. Otro se levanta. Me apuro a anotarlo todo. No pasa nada. No pasa por mayores. Silvio comenta un tema tras otro, fusil contra fusil.

Silvio comenta que volvió a ver al Che, con la asunción de aquel socialista chileno del setenta. Luego, todo pasa y pasa de todo. “Seguimos siendo un mundo indignado”, alerta Silvio.

“El Che fue un iconoclasta que puso su pellejo a la delantera”. Aquel “argentino, cubano, rosarino, cordobés, mongol… inspirará principios”. El mismo, “no requiere de intelectuales asalariados al pensamiento oficial”. Su desacuerdo con el apareamiento de aquel hombre como una persona violenta lo transcribe en la plasmación de sus convicciones. Consiguió lo que “logró bajo la divisa del amor”. “Por eso, los jóvenes lo llevan como un emblema”.

Silvio se despide de la Universidad cordobesa, “tierra donde este Hombre sin muerte también dejó su huella”.

Aplausos y ovaciones; esta vez, todos de prepo a pié.

“Cuba, Cuba, el pueblo te saluda… ”. Tanto Cuba como el Che fueron las canciones del Elegido. Se cierra con el aburrido himno universitario a las seis y media de la tarde.

El tiempo vuela, quizás porque hubo “mucha suerte” y poca guitarra. Ojala por lo menos que te lleve la vida.

Fuente: CbaNoticias

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