La metrópolis es así

El Código de Faltas y el fasómetro luminoso tienen algo en común (además de que el primero pretende poner palos en los culos y el segundo lo expresa simbólicamente)

El año pasado me cague de risa sobre una nota relacionada con el Código de Faltas. Según trascendía en ese texto que leía, el legislador de Unión por Córdoba Sergio Busso pretendía reformar la polémica ley para criminalizar a los que andaban en skates por la calle. Al final no se concretó. Pero ahora aparece otra reforma anunciada y provoca más lágrimas que risas.

El gobernador José Manuel dela Sota declaró en el recinto dela Unicameral que mandará un proyecto de reforma a susodicho código, que contemplaría una mano dura a aquellos manifestantes que utilicen bombas de estruendo o realicen quemas de neumáticos. Estos últimos toma como argumento que dichos actos contaminan el medio ambiente. ¿Cuánta agua potable regalada a los countries sería necesaria para sofocar semejante incendio?

Es curioso el interrogante de asombro que el referente peronista plantea ante a aquellos que ponen en duda sus oídos abiertos al dialogo. ¿Será que la próxima Marcha dela Gorra tendría que ser más ruidosa para que lo oiga y quiera dialogar? ¿O la marcha tendría que tener más gente para aparecer en alguna toma aérea típica de las propagandas televisivas de la provincia?

El porqué de la existencia del Código de Faltas se explicita en una forma de planteamiento político, tanto de las autoridades como los radicados en las viviendas urbanas, enfocado en los proyectos de cambio cortoplacistas y empíricas. Como toda ciudad abierta a la concentración demográfica, Córdoba toma como inspiración a centros urbanos de alta gama arquitectónica. Departamentos altos, edificios con resonancia estética, monumentos clásicos. De no ser así, se tendrá que aceptar una cierta homologación a Las Vegas: de ahí emerge el faro o fasómetro luminoso, que por primera vez tendrá su razón de existencia al tener que iluminar tanta agua que dejó el temporal (¿a quién se le hubiera ocurrido meter un faro a300 kilómetros del mar?)

Lo monumental es aquello que demuestra que algo se hace. Lo aborrecible certifica lo contrario. Si algo se inunda, se registra con una foto y se difunde, el pueblo grita que se haga algo, en otras palabras que no se vea más. Si hay puentes alrededor dela Ciudad Universitaria, por más que no sirvan para nada ya que es más corto cruzar la calle que tomar el estrecho curvo de los mismos, son señales de un gobierno que está haciendo algo. Porque se ve.

Si se ve a pibes con gorritas, negros quemando neumáticos o alguien tirando un estruendo, nos aterra. Porque se ve. Y no queremos verlo.

Esta metrópolis comechingona impone una perspectiva de exigencia en donde todo debe ser resuelto en el menor tiempo posible. Y que todo se verifica con la percepción de los sentidos. Jamás se acepta la búsqueda de soluciones profundas, como así también no se decanta jamás que los resultados sean corroborados en el aquí y ahora. La Óptica termina cubriendo la función de la Lógica.

Como el caso de nuestro gobernador, el mismo que le tenía mucho miedo a la circulación de globos de papel durante las festividades, ahora le aterra la presencia de toda clase de manifestación “violenta”. Los cordobeses también estar(í)an de acuerdo. Por eso, su política es hacerlos desaparecer. Esa es una política que se visibiliza y que se manifiesta ante los ojos de los rabiosos ciudadanos que están hartos que le corten las calles.

Hace un par de días, los vecinxs de Villa la Maternidad cortaron la calle para exigir que los bomberos los ayuden, debido a los árboles caídos que forjó la tempestad. Pegadito de allí, se encuentra la Nueva Terminal de Ómnibus, la misma que se inundó por las mismas causas. A pesar de un pequeño trecho que separa uno del otro, la gente del barrio se quejaron que los medios de comunicación no estuvieron presentes para registrar las secuelas del clima en su zona. El problema es que los ciudadanos pasan más tiempo en la Terminal. Y sólo aprecian y analizan lo que es visible.

Es difícil sostener una mirada más profunda de las cosas, en tratar de ser más inteligentes a la hora de construir una mejor ciudad. Los sentidos nacieron para poder contactarnos con el mundo. Pero la metrópolis les otorga un rol que debería cumplir el diálogo. Algo tan colorido es la única señal que tenemos que hay algo novedoso. Algún estruendo genera una advertencia que algo está fallando. Terminamos porfiando más en los cinco sentidos que del uso de razón. La maravilla del Patio Olmos y del centro cool del Buen Pastor nos hipnotiza. La escuela y la cárcel del horror de lo que fueron quedaron atrás. Porque el pasado no se ve.

La metrópolis es así.

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