Críticas de cine: J. Edgar, Los Descendientes y Hugo Cabret

J. EDGAR, de C. Eastwood

Clint Eastwood sin pelos en la lengua. Leo DiCaprio en una encarnación que supera las toneladas de maquillaje en su rostro. Este biopic narrada en forma no cronológica con ensambles temporales bien fluidas, muestra las andances del que sería el padre del FBI, John Edgar Hoover. Desde la serie de atentados bolcheviques ocurridos en la década del veinte hasta su epítome vital, el filme reconstruye sobre aquel hombre que utilizó la ciencia como la herramienta por excelencia en la cacería criminalística. El típico claroscuro, profundizando las sombras, permite mostrar el costado más obsesivo dentro del personaje a tal punto que una fuerte iluminación termina quemando el metraje. La complejidad edípica será el impulso de una represión psíquica empujando una difuminación entre el voyerismo y la paranoia; la escena en que J. Edgar se entera del asesinato de Keneddy habla por sí mismo. El Psicoanálisis cataliza la Política. Su relación imposible con su segundo Clyde Tolson (también un formidable Armie Hammer) le permite a Clint construir esta ironía de la información es poder, que la búsqueda de datos sobre la vida privada de todas las personas son todo un engranaje de lo tortuoso que se pretende allanar el sentido de una vida, tanto como para pretender comprenderla en una linealidad temporal: el director de Gran Torino no se fía del biógrafo de su protagonista. La construcción de todo un panóptico que duró 48 años son toda una vida, y a la vez no es nada. No todo archivo destruido lo decía todo.

××××× Recomendada

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LOS DESCENDIENTES, de A. Payne.

Las tres últimas (road) movies de Alexander Payne tienen algo en común: un ser masculino acercandosé a lo cincuentón tratando de llegar a un cierto destino espacial, con la ilusión de que eso sofoque las pesadumbres que provoca una muerte. La diferencia con Las confesiones del Sr. Schmidt y Entre copas, es que en Los descendintes el propio viaje es la pesadumbre. George Clooney rectifica nuevamente ser el Cary Grant de hoy (aunque a diferencia de Howard Hawks, Payne no recurre a diálogos ágiles e inteligentes) encarnando a Matt King, un propenso multimillonario, habitante en una de las islas Hawaii. Matt rectifica que las islas no son un paraíso; su esposa en coma será su argumento. Su unidad familiar se tornaría complicada sin ella, debido a que se tendría que hacer cargo del cuidado de su hija menor, que absorbe todo lo que oye, y posiblemente su más adolescente, encerrada en una clínica para jóvenes problemáticos. Repleta de personajes secundarios, con más carga de gracia que de interés, revelan una búsqueda de infidelidad en donde la eutanasia y la necrofilia se entremezclan. La única toma de la esposa alegre con vida se contrapone con la de su familia con cara de nada, comiendo helado mientras ven un ridículo documental. Payne logra hacer un equilibrio entre los momentos más graciosos con los más duros, sin golpes bajos y con una resolución más escéptica a la vida terrenal. Por lo menos, en el mundo de los vivos, uno puede burlarse de los retrasados mentales.

××× Un logro con algunas penas

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LA INVENCIÓN DE HUGO CABRET, de M. Scorsese

Alejándose de la ultra-violencia, Martin Scorsese nos recuerda que en todo arte la idea es hacer magia. No importa los estilos y los elementos técnicos en mano, la frescura y los sentimientos siempre serán los mismos. No hay forma de no disfrutar de los primeros cinco minutos de La invención de Hugo Cabret. Una estación de tren parisina de los años veinte muestra la muchedumbre para entrar o salir de los transportes como si fueran manadas de elefantes. El pequeño Hugo (Asa Butterfield) observa todo desde su puesto de trabajo, arreglando los gigantes relojes de la central. Los resortes, engranajes y piezas que ponen en marcha el tiempo forjarán una mirada del mundo para nuestro protagonista. La naranja mecánica tendrá otro sentido. Mientras tratará de zafar del inspector (Sacha Baron Cohen) y su fiel doberman, que tendrá como mínimo dos primeros planos con tiros de gracia, Hugo conocerá a Isabelle (Chloë Grace Moretz), apasionada por Dickens, y a su abuelo, interpretado por Ben Kingsley, que será la clave para revelar el misterio de un autómata con forma humana, iniciando así su propia “aventura”. A pesar de sus efectos especiales, el director de Taxi Driver narra esta historia como si hubiera transcurrido en aquel entonces: la pérdida de un padre como el chirrido en la pierna herida del que fue “Borat” son augurios de lo que pudo dejar la Gran Guerra, además de la pérdida del interés por una cierta expresión artística.  Pero Scorsese demuestra que la esencia humana siempre prevalece, de ahí que el arte siempre existirá. La proyección en 3D de Viaje a la Luna nos indica que la pasión del artista siempre estará, aquel que quiere hacer magia frente a un público, del mismo modo en que se logra levitar un naipe en medio de un mazo. El amor al cine. El amor a la literatura. El amor a la magia. El amor a contar una historia de amor. El cineasta aquí presente demuestra no ser un viejo acabado y que, a diferencia del filme de Los Muppets, uno puede gozar de lo viejo sin recurrir a la nostalgia sino al goce, al asombro, que es el mismo que proyectaron los Lumiére. Un monstruo del cine salude a otro monstruo del cine.

OBRA MAESTRA

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