La espada y la guitarra criolla

Los Premios Oscar encarnan una cierta mirada de hacer cine, compartida por muchos que defienden la tradición argentina.

 

Se entregaron los Oscar, los premios más populares por tener más marketing, como diría hace un tiempo Ricardo Darín.

La figura humana de la estatuilla sostiene una espada. Ese elemento de combate, símbolo de la virilidad, remarca el esfuerzo como forma de combate para llegar al reino de los merecedores de la gloria. La superioridad compensada por el sacrificio es la norma básica no sólo de un modo de hacer cine sino de toda una sociedad y de una economía. Algo que el pueblo argentino parecería no haber percatado al crear el premio Martín Fierro reemplazando la espada por una guitarra criolla.

Mientras se realizaba la ceremonia, sólo vi siete de las nueve nominaciones a la Mejor Película. Todavía no llegue a ver Caballo de guerra, ni Tan fuerte y tan cerca. Lo que puedo decir es que el premio mayor se lo terminó llevando la peor de las siete, que fue El Artista. El filme está bien filmado, pero filmado con los ojos vendados. Sus realizadores creen que le han hecho un homenaje al cine, cuando en realidad lo que homenajearon es la funcionalidad del star-system al servilismo mercantil. Naturaliza el oportunismo de los productores, legitima el egocentrismo de los actores y el espacio artístico que ocupa el director pende de un hilo.

Ni mencionar otros filmes que debieron estar presentes, pero conociendo a los viejos aristócratas de la Academia no sorprende que los hayan dejado afuera. Me refiero a Las aventuras de Tintin, J. Edgar, El planeta de los simios: (R)evolución, 8 minutos antes de morir y La chica del dragón tatuado.

De cualquier manera, los Oscar siguen siendo la materialización de esa subjetividad cinematográfica que es legitimada por el público masivo. Por más que sea una máquina de bostezos, siempre son considerados como los únicos premios del cine en alta gama de excelencia. La puesta en foco en la industria del arte audiovisual, por parte de la potencia económica actual, es lo que lleva a una mayor apreciación más por los productos norteamericanos y una cierta escalada de calidad por parte de la patria-poronga.

El convencimiento de hacer un cine que se aparente a la monstruosidad yanqui es algo que recalcitra la visión capitalista. Seremos mejores cuando nos aparentemos a los de arriba. De ahí la paradoja: el esfuerzo o convencimiento de la búsqueda de algo que sea propio a la tradición nacional, pero a la vez sacando provecho a la lógica de ciertas potencias que lograron su acomodamiento en el Primer Mundo.

Cuando ganó El secreto de sus ojos a la estatuilla de Mejor Película Extranjera, el Instituto Nacional de cine, INCAA, salió a empapelar por las paredes de las calles afiches dándole las felicitaciones a la obra de Juan José Campanella por el premio. Ese mismo año, el filme Los labios, dirigido por el cordobés Santiago Loza y el santafecino Iván Fund, ganó el premio a la mejor interpretación femenina en el circuito Un Certain Regard en el Festival de Cannes. El INCAA no pegó ningún afiche dándole las felicitaciones al triplete de protagonistas, que fueron Adela Sánchez, Eva Bianco y Victoria Raposo.

Al igual que El Artista, muchas veces nos engañamos a la hora de buscar una expresión. Creemos estar en un lado, cuando terminamos subconscientemente apreciando el otro bando. Hay que tener la convicción que nada sale de la nada, pero a la vez tomar el presente que muchas veces nos hacemos los hipócritas a la hora de defender la bandera.

Hoy se cumple dos siglos del primer izamiento a la bandera. Creemos tocar la guitarra, pero en realidad lo que hacemos es sacarle filo.

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