Crítica de cine: La sombra azul

LOS FANTASMAS ME PERSIGUEN

El presente es la huella del pasado. Eso puede aturdir a más de uno. Pero a la vez, permite corromper con el silencio. La sombra azul, de Mariano Saravia, es quizás uno de los mejores libros del género no-ficción que se ha escrito en el interior del país. Su adaptación fílmica, de parte de Sergio Schmucler, pretende pararse frente a todas esas huellas, entre ruidos y sombras, partiendo en el eje del que sería el primer caso en nuestro país del exiliado político en democracia. La diferencia es que el Luis Urquiza de Saravia necesitó que el relato sea encarnado por el propio protagonista; el Javier Rodríguez de Schmucler es una silueta idónea para que el relato lo persiga.

El actor Gustavo Almada ya demostró sus dotes multifacéticos, al pasar del pintoresco Laucha de Alberdi en De Caravana, a uno de status diametralmente opuesto: un cana. Rodríguez realiza, como si fuese en forma involuntaria, saltos en el tiempo para contar sus vivencias. Su detención en la D2, por parte de sus propios compañeros, será el paso de un cielo blanqueado a un calabozo azulado. De ahí pasa, ya más seguro, a ser un escéptico sobre las recomendaciones de abandonar el país. Las torturas ocurren fuera del campo. Su reemplazo político será una charla en la cocina sobre el acto de matar de parte de los guerrilleros.

El quiebre cronológico pone en duda al espectador sobre la esencia del tormento. A tal punto que Democracia y Dictadura se diseminan en un embarrado relato donde no muestran su claridad autónoma dentro de la historia. Y esa peligrosa línea hace que uno vea que Rodríguez sea un punto donde todas las líneas convergen. Incluyendo la trayectoria de la cámara. Todos los personajes secundarios son los que empujan las desventuras del protagonista. Forman como un círculo en donde no puede salir, algo que lo merodea. Incluso una pirueta del propio dique San Roque. ¿Cómo compenetrarse con el personaje, si el propio espectador trata de merodearlo? Rodríguez cree que todo este país es una mierda. Será una mierda por la impotencia, impotencia en donde todos apuntan sobre él. Ahí el problema del filme: debe ser el perseguidor, para comprender al perseguido.

Una foto de las hijas de un ex compañero empujará el nacimiento de la mejor escena del filme. La pesadez del pasado inaguantable para el segundo será la carga que sobrelleva el primero al sostener la foto. El narrar las terribles noches de sueño, donde sabe que están ahí, apuntándolo con sus armas, se trasladan a la imagen pictórica que tiene Rodríguez en sus manos. La pregunta sobre cómo haces es la duda que pesa. Esa mismas manos, sostendrán la decisión de retomar lo pasado, que desembocará en el agrupamiento de los reporteros hacia Rodríguez a un apuñalamiento, tan cubista como innecesario.

La sombra azul es un filme cuya austeridad forja una mirada que pretende ser un fantasma. Un viraje hacia lo que se pretende enmendar. Las sombras azules pueden seguir merodeando, junto con los sonidos de las campanas que son las misas que hace treinta años. No por eso, se deja entonar con esfuerzo el Himno Nacional. Pero Julio López sigue desaparecido.

××× Un logro con algunas penas

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