Crítica de cine: Elefante Blanco

LOS MINOTAUROS DE TRAPERO

Una vez escribí que Pablo Trapero era el Leonardo Favio de hoy. Lo que tienen en común es que sus personajes (por lo menos los principales) son el punto de apoyo de una palanca de primer grado (de un subi-baja, para esquematizarlo mejor). En un lado de la barra, está la Fuerza o Peso de sus emociones. Y por el otro costado de la barra, la Resistencia del entorno. En los relatos favianos y traperianos, con sus resoluciones trágicas, en general termina ganando la Resistencia. Pero en el caso de Elefante Blanco, la palanca termina quedando equilibrada.

Ricardo Darín es el padre Julián. Institucional por estratega, tercermundista por convicción. Debido a que su salud está siendo profanada, viajará a Brasil en busca del padre Nicolas (Jérémie Renier) para que lo ayude a mantener su emprendimiento de construir un lugar digno en ese costado recóndito de Buenos Aires. Los disparos no lo dejarán dormir a Nicolas en su primera noche.

Es de resaltar como este actor, que estaba viniendo de los hermanos Dardenne, logra mostrar su soltura en este ámbito cultural específico. Y el filme se aprovecha de esa particularidad extracinematográfica cuando los pibes le preguntan cómo se dice, en francés, mierda o la concha de tu madre.

Los típicos planos secuencias del director van reflejando el costado laberíntico de la villa. De lo más tranquilo, que va de un recorrido por el hospital abandonado hasta la capilla; a lo más claustrofóbico, cuyo punto culmine será la muerte; hasta una represión.

Y es que los personajes terminan siendo como minotauros, creados por este propio laberinto. Seres que se devoran unos con otros, ya sea por el paco como también por el abuso policial. Es así que Trapero se pone en el rol de un cuestionador. Alguien que se plantea así mismo sus propias preguntas sobre el mundo que nos (o les) tocó. La referencia de homenaje al padre Mugica, al final de la película, con la acotación de que su asesinato no ha sido esclarecido, es de esa postura en donde se cuestiona aquello de los horrores de hoy con los de ayer.

Ese mismo amor que menciona Julián, con la imagen de Mugica a su espalda, es algo que Trapero trata de esclarecer así mismo. Es la duda que lo explicita, sin necesidad de buscar. Por eso la película es inferior a Carancho, porque en el filme de los corre-ambulancias, el buscador va recorriendo las calles, desde la agilidad de un ave de rapiña, captando a través de sus sentidos. O sea, a través del cine. Y si de historias de amor se trata, el amor imposible que emergerá en Nicolas junto con el personaje de Martina Gusman es más acoplado que imposible.

Elefante Blanco no es una de las mejores de Trapero. Es la dicha por entender y tratar de hallar algo, sin siquiera buscarlo. Quedarse con la imagen de ese edifico que el propio Alfredo Palacios se le había ocurrido, y de ahí plantear su interrogante existencial por donde habitan esas criaturas. Quizás el consejo de Pity Álvarez tenga que ser mejor escuchada, darse el gusto por las cosas que no se tocan.

×××× Mirala nomás

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