Eric Hobsbawm (1917-2012): “No hay que sorprenderse que poderosas tesis tercermundistas hayan nacido en EE.UU.”

El emblemático historiador murió el lunes pasado a los 95 años. Marxista desde su juventud, amante del jazz y traductor de los apuntes del Che Guevara, se convirtió en una figura central en el análisis de los acontecimientos ocurridos en el siglo pasado. A continuación, transcribiremos dos fragmentos de su libro Historia del siglo XX. Una en lo que concierne a las luchas guerrilleras y otra sobre los legados de la Revolución Rusa, en donde menciona a la Reforma Universitaria de 1918. 

Eric Hobsbawm en su casa de Londres en el año 2007. Foto: Anne Katrin Purkiss / Rex Features. Publicada en The Guardian.

Aunque había logrado, y podía seguir logrando, éxitos espectaculares en América Latina, Asia y África, la vía guerrillera a la revolución no tenía sentido en los países desarrollados. Sin embargo, no es extraño que a través de sus guerrillas, rurales y urbanas, el tercer mundo sirviese de inspiración a un número creciente de jóvenes rebeldes y revolucionarios o, simplemente, a los disidentes culturales del primer mundo. Periodistas de rock compararon las masas juveniles en el festival de música de Woodstock (1969) a “un ejército de guerrilleros pacíficos” (Chappie y Garofalo, 1977). En París y en Tokio los manifestantes estudiantiles portaban como iconos imágenes del Che Guevara, y su rostro barbudo, tocado con boina e incuestionablemente masculino, no dejaba indiferentes ni siquiera a los corazones apolíticos de la contracultura. No hay otro nombre (excepto el del filósofo Marcuse) que se mencione tanto como el suyo en un documentado estudio sobre la “nueva izquierda” de 1968 (Katsaficas, 1987), aun cuando, en la práctica, era el del líder vietnamita Ho Chi Minh (“Ho Ho Ho-Chi-Minh”) el nombre más coreado en las manifestaciones de la izquierda del primer mundo. Puesto que lo que movilizaba por encima de todo a la izquierda, aparte del rechazo de las armas nucleares, era el apoyo a las guerrillas del tercer mundo y, en los Estados Unidos, después de 1965, la resistencia a ser enviado a luchar contra ellas. Los condenados de la tierra, escrito por un psicólogo caribeño que participó en la guerra de liberación argelina, se convirtió en un texto de enorme influencia entre los intelectuales activistas a quienes estremecía su apología de la violencia como una forma de liberación espiritual para los oprimidos. En resumen, la imagen de los guerrilleros de tez oscura en medio de una vegetación tropical era una parte esencial, tal vez su mayor inspiración, de la radicalización del primer mundo en los años sesenta. El “tercermundismo”, la creencia de que el mundo podía emanciparse por medio de la liberación de su “periferia” empobrecida y agraria, explotada y abocada a la “dependencia” de los “países centrales” de lo que una creciente literatura llamaba “el sistema mundial”, atrajo a muchos de los teóricos de la izquierda del primer mundo. Si, como los teóricos del «sistema mundial» señalaban, las raíces de los problemas del mundo no residían en el surgimiento del moderno capitalismo industrial, sino en la conquista del tercer mundo por los colonialistas europeos en el siglo XVI, la inversión de este proceso histórico en el siglo XX ofrecía a los indefensos revolucionarios del primer mundo una forma de escapar de su impotencia. No hay que sorprenderse de que algunos de los más poderosos argumentos en favor de esta tesis procedieran de los marxistas estadounidenses, que difícilmente podían contar con una victoria del socialismo con fuerzas autóctonas de los Estados Unidos.

 

“La Reforma del ’18 generó líderes marxistas en América Latina”

La revolución mundial que justificaba la decisión de Lenin de implantar en Rusia el socialismo no se produjo y ese hecho condenó a la Rusia soviética a sufrir, durante una generación, los efectos de un aislamiento que acentuó su pobreza y su atraso. Las opciones de su futuro desarrollo quedaban así determinadas, o al menos fuertemente condicionadas. Sin embargo, una oleada revolucionaria barrió el planeta en los dos años siguientes a la revolución de octubre y las esperanzas de los bolcheviques, prestos para la batalla, no parecían irreales. “Vólker hort die Sígnale” (“Pueblos, escuchad las señales”) era el primer verso de la Internacional en alemán. Las señales llegaron, altas y claras, desde Petrogrado y, cuando la capital fue transferida a un lugar más seguro en 1918, desde Moscú; y se escucharon en todos los lugares donde existían movimientos obreros y socialistas, con independencia de su ideología, e incluso más allá. Hasta los trabajadores de las plantaciones de tabaco de Cuba, muy pocos de los cuales sabían dónde estaba Rusia, formaron “soviets”. En España, al período 1917- 1919 se le dio el nombre de «bienio bolchevique», aunque la izquierda española era profundamente anarquista, que es como decir que se hallaba en las antípodas políticas de Lenin. Sendos movimientos estudiantiles revolucionarios estallaron en Pekín (Beijing) en 1919 y en Córdoba (Argentina) en 1918, y desde este último lugar se difundieron por América Latina generando líderes y partidos marxistas revolucionarios locales. El militante nacionalista indio M. N. Roy se sintió inmediatamente hechizado por el marxismo en México, donde la revolución local, que inició su fase más radical en 1917, reconocía su afinidad con la Rusia revolucionaria: Marx y Lenin se convirtieron en sus ídolos, junto con Moctezuma, Emiliano Zapata y los trabajadores indígenas, y su presencia se aprecia todavía en los grandes murales de sus artistas oficiales. A los pocos meses, Roy se hallaba en Moscú, donde desempeñó un importante papel en la formulación de la política de liberación colonial de la nueva Internacional Comunista. La revolución de octubre (en parte a través de socialistas holandeses como Henk Sneevliet) dejó su impronta en la principal organización de masas del movimiento de liberación nacional indonesio, Sarekat Islam. “Esta acción del pueblo ruso —escribió un periódico de provincias turco— será algún día un sol que iluminará a la humanidad”. En las remotas tierras interiores de Australia, los rudos pastores (muchos de ellos católicos irlandeses), que no se interesaban por la teoría política, saludaron alborozados a los soviets como el estado de los trabajadores. En los Estados Unidos, los finlandeses, que durante mucho tiempo fueron la comunidad de inmigrantes más intensamente socialista, se convirtieron en masa al comunismo, multiplicándose en los inhóspitos asentamientos mineros de Minnesota las reuniones “donde la simple mención del nombre de Lenin hacía palpitar el corazón (…) En medio de un silencio místico, casi en un éxtasis religioso, admirábamos todo lo que procedía de Rusia”. En suma, la revolución de octubre fue reconocida universalmente como un acontecimiento que conmovió al mundo.

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