Tragedia en UNRC, en el caldero de la prosperidad

El martes pasado, comenzó el juicio por las explosiones de la Universidad de Río Cuarto, ocurrida el 5 de diciembre de 2007. En aquel hecho, murieron seis docentes y estudiantes. Hay siete imputados.

Por Néstor Pérez (*).

Foto Archivo La Voz del Interior.

Foto Archivo La Voz del Interior.

“Los altos porcentajes de desempleo juvenil y la creciente inseguridad laboral, sirve para acentuar la sensación de que la sociedad ya no necesita ni quiere a sus individuos…”.

Cuando se van develando los pormenores de la tragedia en la Universidad Nacional de Río Cuarto, la ácida reflexión de John Carroll cobra vigor y nos obliga a considerar los porqué de tanta vida humana entregada a los hornos de la modernidad.

Con el rigor de los estándares más crueles del mercado, la actividad universitaria parece seguir operada por los mismos actores de la tragedia política que nos vació de rebeldía en los años portentosos del consenso de Washington; aquellos que aquí se pavonearon con temeraria sordidez en los noventa menemistas. Esa sospecha gana el espacio público y crece desde las voces que dicen presente y exigen responsables a una justicia hoy impugnada por el pueblo, tanto como por el mismo poder que la alimenta de vicios y la intoxica de vanidad.

Los muertos en la Universidad Nacional de Río Cuarto, ponen de relieve la necesidad de examinar en todos sus alcances, la estrategia– siempre en clave de coloniaje– de un capitalismo que se reinventa y re-alinea sus intereses planetarios, sin detenerse en las víctimas que produce su voracidad. Porque en este caso se trata de una de las construcciones colectivas que con más firmeza atrapó siempre el imaginario popular. En la universidad se aprendía a ser libres… ¿se hará aún?

Cuando el ingeniero presidente de la Fundación [de la Universidad Carlos Bortis] que -por el frente académico- firmó el convenio secreto que ordenaba la experiencia con el hexano, aseguró ante el fiscal desconocer qué ganaba la UNRC trabajando para la multinacional belga, el sobrecogimiento de quienes lo escucharon en tribunales fue unánime… el paradigma de la actividad universitaria al servicio del mercado emerge con la acritud de la muerte: docentes y alumnos caen bajo el escrutinio del mismo ojo que consigna igual valor al gen de una mariposa que a la vida humana. El mercado que propone, corrige, auspicia o reprime hambrunas, pestes y guerras religiosas según recoja, en más o en menos, beneficios del complejo agro-químico-alimentario, de la elaboración de vacunas o de la migraciones de la fe, insiste en determinar el devenir de la humanidad.

Mientras avanza el debate judicial para saber que cosa pasó en diciembre de 2007, sigo creyendo que la formación universitaria pública nada le debe al mercado y sí, en abierta confrontación de intereses, a una sociedad que espera retribución y proyección intelectual para despejar el camino a la autonomía política y, en el mismo sentido, que acuda en auxilio del desarrollo nacional incorporando saberes y experiencias como energía vital. En medio del descalabro colosal que también nos amenaza desde el otrora vaporoso y exuberante primer mundo, se legitima y reabre el debate sobre la libertad: “Ya se la considere oprimente y repulsiva o benigna y reconfortante, toda falta de libertad implica heteronímia, es decir, la condición en la que hay que cumplir las reglas y los mandatos de otro: una condición agencial, o sea, aquella en la que la persona que actúa es un agente de la voluntad de otra (Zygmunt Bauman).

 (*) Periodista. Conductor de El Ágora y la Musa por Radio Universidad.

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