Los dilemas del chavismo

Hace dos meses atrás, el pensador Modesto Guerrero publicó una nota para Miradas al Sur, acerca del movimiento interno dentro de la estructura política, liderada por Hugo Chávez. Hoy, con el fallecimiento de la figura más emblemática de la América Latina actual, reproduciremos fragmentos de dicha columna que pretende mostrar posibles alternativas del futuro de Venezuela y, seguramente, del Nuevo Contienente.

Funeral de Hugo Chávez Frías. Presencia de mandatarixs. Foto: Cristina Fernández de Kirchner Facebook.

Funeral de Hugo Chávez Frías. Presencia de mandatarixs. Foto: Cristina Fernández de Kirchner Facebook.

 

Para comprender el chavismo en su dinámica actual, y las derivaciones al interior de Miraflores, en el PSUV y en la sociedad, hay que juntar sus tres claves: el líder, los movimientos sociales y el “partido militar”. La composición de esa simple ecuación la distingue de lo conocido en la historia política latinoamericana.

(…)

La presencia anímica de Hugo Chávez impide relaciones contradictorias, pero no avienta para siempre las visiones y modos distintos que abrigan sobre cómo resolver la complicada situación interna.

El proyecto común tiene miradas distintas. Una visión es de credo socialdemócrata, animada por J. V. Rangel, una respetable personalidad de la izquierda más tradicional, que desde 2011 promueve una transición acordada con una parte de la burguesía, incluido un segmento moderado de la no chavista.

La segunda apuntaría a alguna versión del bonapartismo vernáculo latinoamericano.

Aunque suele ser personificada por el ex teniente coronel bolivariano Diosdado Cabello, ex vicepresidente, varias veces ministro, gobernador derrotado de Miranda y actual Presidente de la Asamblea Nacional, va más allá de él. Se interna en los caminos sinuosos del “partido militar”.

Entre una y otra se mueven las demás, con mayor o menor acercamiento según la coyuntura y la posición ocupada alrededor del presidente Chávez. La presión dislocante de un Comandante-Presidente cada vez más ausente comenzó a mover las piezas del chavismo en ondulaciones transversales entre las dos opciones dominantes.

Lo que haga o no pueda hacer el “partido militar” dependerá de una relación de fuerzas que no maneja a su arbitrio. Esta entidad clave del poder venezolano, tan difusa como decisiva, pendula entre lo que representan Maduro y Rangel y las vanguardias bolivarianas más orgánicas. En Venezuela, el partido militar conserva sus perfiles corporativos, pero sin las formas reaccionarias de otras experiencias. Por ahora.

El PSUV, convertido en maquinaria electoral sin vitalidad militante, no “pincha ni corta” en los decisivos momentos que atraviesa la revolución bolivariana.

En la actual transición entre un chavismo centrípeto y un chavismo sin Chávez, predomina la perspectiva moderada y unitaria insuflada por el respeto canónico al presidente enfermo. No hubo descuido presidencial cuando no depositó la espada de Bolívar en las manos del partido militar, sino en la otra. Y por suerte el proceso bolivariano no está cruzado por agrietamientos violentos como en otros procesos, por ejemplo el peronismo de 1973-1976.

Las hipótesis de tensión interna tienen como base la tendencia decreciente del voto chavista desde 2007, y la molestia de las bases con una burocracia ineficaz y autonomizada que mantiene secuestrados al Estado y al partido, en representación de la emergente “boliburguesía”.

Tanto el “partido militar” como la versión socialdemocratizante, deberán arreglárselas con un tipo de poder popular nacido en 1989 y potenciado desde 2002 en unos 17 movimientos asentados en clases y sectores de clase trabajadora. Ellos corporizan un poder constituyente de los de abajo, aunque todavía no sepan como reemplazar a la burocracia constituida como gobernante.

El Consejo Comunal, la Federación Campesina Ezequiel Zamora, el Movimiento de Pobladores Urbanos y sus Comunas Socialistas, las Milicias que cuidan, por ejemplo, barrios de la Misión Vivienda, las Guardias Rurales y los 620 medios comunitarios, son pilares de ese poder popular. (…)

La inminente ausencia del líder originario coloca al movimiento bolivariano y su proceso político ante su prueba más compleja. Veinte años después, el chavismo deberá saber superarse a sí mismo o descubrir el infausto destino de corrientes similares del pasado latinoamericano.

De los 18 movimientos nacionalistas del continente aparecidos entre la Revolución Mexicana y el chavismo, ninguno sobrevivió igual a lo que fue mientras estuvo bajo la impronta de sus líderes y organismos. Las transformaciones fueron de amplia gama. Varios sufrieron una descomposición temprana (el MNR boliviano luego de Paz Estensoro, el adequismo venezolano o el aprismo peruano); otros desaparecieron de la escena histórica al ser derribados, o salidos del gobierno (el cardenismo mexicano, el arbenzismo en Guatemala, el varguismo brasileño o el ibañismo chileno y ecuatoriano). También se conoció la recomposición transitoria de otros movimientos, pero con ropajes moderados que ya no cabían en el cuerpo original (el sandinismo, el FMLN, el peronismo, el frenteamplismo uruguayo o el torrijismo panameño).

En esa realidad tan compleja de opciones históricas, el chavismo está atravesado por las mismas leyes, resumibles con dificultad en esta fórmula algebraica: ido el líder, el movimiento se potencia en la base social o decae y muta en su contrario.

Ver nota completa en Miradas al Sur.

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