Me pica el ojete

ollo

Por Lea Ross (@LeandroRoss)

Es el último día de mayo (mes en donde surgieron muchas revueltas sociales). Recibí, en el face, una invitación por parte de la agrupación estudiantil Franja Morada para asistir a una charla. La charla cuenta como panelistas un graffitero de Chile, más integrantes de la organización auto-denominada Acción Poética.

Acción Poética es un movimiento creado a mediados de los noventa, a partir de una idea del mexicano Armando Alanís. Desde entonces, se ha estado expandiendo en una treintena de países gracias a la ayuda de las redes sociales. La idea consiste en hacer poesías en los murales. Eso sí. Bajo ciertas condiciones: deben ser pintados en murales blancos, con color negro, todo en imprenta mayúscula (para otorgar claridad para los miopes); deben ser poemas que no superen las ocho palabras (ideal para que Doña Rosa haga su lectura rápida) y debe contar con el permiso del dueño del muro (no vale pintar paredes sin dueños). Desde entonces, las propuestas en red de ¿poesías? o frases cortas de Acción Poética, ideales para que se impregnen en cualquier pared latinoamericano, se propagan a la velocidad de un twit o un bigmac.

Algunas frases emblemáticas son: “Soy débil ante mi debilidad” (sic); “Nadie como tú me ha besado en la boca” (sic); “Cada vez que sueñes yo estaré soñandote” (sic); “El arte nace con la mirada” (sic); entre otros.

Las frutillas agridulces que se emergen en la globalización constan de una homogenización completa de la noción de arte, constándolo como una pelota que se juega por fuera de la enorme cancha que se llamaría Cultura. Acción Poética se declararía como vanguardista en cuanto a tendencia. Tendría sus argumentos; las vanguardias siempre nacen en los barrullos de la ciudad, con sus desenfrenos y sus locuras. De hecho, una de las famosas frases, quizás la primera, que creó Acción Poética fue “Sin poesía no hay ciudad”.

Sin embargo, tampoco es casual que Acción Poética nazca en la cuna noventista. El arte light que dejó la proclama fukuyamista del final de la historia, marcó también el final del arte revolucionario. Los pibes y pibas que transgredían con arte las calles de París o de Tucumán, quedarían avasallados por el despliegue del consenso de Washington. Es así que “Imaginación al Poder” sería reemplazado por las lenguas de Ricardo Arjona.

La rebeldía graffitera es el punto nodal entre teoría y práctica, entre la política (la idea) y la estética (el arte). A menos, claro, si se tratase de un ser con un enorme ego, que solo quiere graffitear así de grande para acrecentar su falo así de grande. Pero la razón de ser de un graffitero, aquel que busca expresarse, aquel que pretende gastarse veinte pesos en un pote de aerosol, se radica en conseguir su propia expresión que la inmensidad de una ciudad se le ha negado. El graffitero le demostrará lo contrario.

La revuelta del Mayo Francés consistió en el intento de unión de la política y la estética. En Acción Poética pasaría lo mismo, sólo que no lo saben. El planteamiento chato y lineal de la poesía, forjada en una estética pura sin enchastrarse con las condiciones socioculturales, es una proclama light del cascarón vacío del menemato globalizado.

En una entrevista realizado al propio Alanís, el padre del movimiento asegura que “seríamos mejores si nuestros gobernantes leyeran poemas, si la poesía fuera parte de la canasta básica”. Si bien en Argentina nos ha ido mal con la lectura de Menem a Sócrates y de Macri a alguna novela de Borges, deja mucho que desear la concepción de que un buen gobernante es aquel que lee. Costaría creer que Hitler y Videla hayan emprendido sus planes sistemáticos, sin siquiera haber leído algo de Maquiavelo o Lugones respectivamente.

El compartir en forma gratuita un poema (con el permiso del dueño de la pared, claro) es una proclama paulofreyriana atostada. “Debería ser obligatorio saberse de memoria un buen poema para entrar a la preparatoria”, apunta el fundador de Acción Poética, como si la poesía fuera una inversión bancaria a largo plazo. Se trata en realidad de agregar un engranaje de más a la vorágine circular, oculta dentro del proceso de producción rítmica y repetitiva que emprende la gran ciudad mercantilizada. Conformismo rápido, digeriblemente veloz tipo macdonaldiano, fugaz como un videito de Youtube. Como así también la poca profundidad, mediante su dirección proporcional a la baja cantidad de palabras.

Una frase aludida a Rodolfo Walsh (a veces, Walsh resulta ser maniqueado más como un repertorio de frases sueltas que como un revolucionario periodístico y estético) afirma que las paredes son la imprenta del pueblo. No me sorprendería que los de Acción Poética impregnen sus mensajes en saco y corbata.

De cualquier manera, la charla es el próximo lunes a las 18hs., en el aula 11 de la Escuela de Ciencias de la Información. Pobre Walsh.

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