Córdoba, la ¿qué?

561859_10151789193833415_449195195_n

Mario Pereyra y Héctor Baldassi.

Por Pablo Candi.

Los resultados de las últimas elecciones evidencian que de aquella Córdoba del “Cordobazo” no queda nada. La élite del poder financiero que gobernaba en esos momentos a través de una dictadura militar comprendió que el enemigo de su status quo, de su poder, de sus privilegios, eran la educación, la participación de los sectores consientes de la sociedad concentrados en las universidades y la peligrosa unión con los trabajadores y los gremios que los nucleaban. 

Sistemáticamente se apuntó a debilitar los gremios, tentando a sus cúpulas políticas con dinero y cargos públicos. A su vez, la Universidad recibió abruptos recortes presupuestales, que dieron como resultado sueldos miserables a docentes e investigadores, deterioro total de la infraestructura y una fuerte intervención política justamente para despolitizar la universidad. Los niveles educativos en todas sus áreas cayeron estrepitosamente. Las nuevas generaciones de estudiantes ingresaban a las universidades del país con un nivel muy pobre de educación primaria y secundaria y se encontraban con una universidad apática, fragmentada, aislada, sin presencia ni contacto ninguno con los diferentes sectores sociales.

También se apuntó a quitarle pasión a la militancia política. Los partidos mayoritarios fueron tomados por una clase política que los fue vaciando de contenido y eliminando toda democracia dentro de ellos. Traicionando las propias doctrinas y la historia de cada uno de esos partidos, los contrastes entre los antiguos adversarios se fueron suavizando hasta llegar a hoy, donde entre la otrora Unión Cívica Radical y el Partido Justicialista, no hay diferencias fundamentales.  

En nada se parece Juan Schiaretti, José Manuel De la Sota o Blanquita Rossi a Juan Domingo Perón o Eva Duarte de Perón. No hay ni un gesto, ni una idea, ni siquiera una frase de Leandro Além, Arturo Illia o Amadeo Sabattini en Oscar Aguad o Ramón Javier Mestre. Del socialismo de Alfredo Palacios no queda ni el nombre, no hay nada de progresistas en los que hoy se dicen progresistas, y las uniones entre partidos no son por similitud de ideas sino por meras conveniencias circunstanciales.

El viejo Partido Conservador de Córdoba no desapareció, solo se adaptó a los nuevos tiempos. El fraude que caracterizaba sus triunfos electorales ahora se realiza dentro de los partidos mayoritarios, que funcionan autoritariamente, decidiendo a los candidatos a dedo. Si no hay democracia dentro de los partidos ¿cómo van a ser democráticos esos partidos cuando legislan o gobiernan? El Partido Conservador, que se llamaba así por “conservar” justamente que el rico sea cada vez más rico y el pobre cada vez más pobre, lo sigue haciendo pero interviniendo los dos partidos mayoritarios, turnándose en el poder en un cambio que nada cambia. ´

Córdoba ya no es más La Docta, es definitivamente la burra, pero no es casual, es el resultado de una estrategia pergeñada para evitar más “cordobazos”, para garantizar el triunfo indefinido del Partido Conservador, ese que conserva desde siempre los privilegios, las diferencias sociales, las desigualdades, la injusticia.

La Universidad Nacional de Córdoba renació con Carolina Scotto pero no consiguió o nunca quiso reformarse, y aquel revolucionario Manifiesto Liminar de 1918 sigue vigente hoy, el reclamo sigue sin cumplirse casi 100 años después. La Universidad continúa siendo elitista, continúa siendo solo para una clase social. Los excluidos de esa educación hoy le dan el voto a aquellos que invirtieron en su deseducación, la ignorancia da sus lamentables frutos. Una profesora, decana, rectora, consigue menos votos que un árbitro de fútbol, con la misma lógica con la que un chofer de colectivos gana más que un maestro.

Los medios de comunicación son la herramienta perfecta de esa inversión en deseducación. El periodismo títere, guiado por los mismos hilos con los que la élite financiera maneja a los gobernantes, viene manipulando sistemáticamente la opinión pública hace 40 años. Así consiguieron que no se vote ni partidos, ni ideas, ni propuestas o proyectos, sino solo caras. La cara del candidato que más sale por televisión triunfa. Esta perversa lógica llevó al empresario Francisco de Narváez o al humorista Miguel Del Sel a conseguir una desproporcionada cantidad de votos, fenómeno que se repetiría este pasado domingo en Córdoba con el tercer puesto logrado por el ex árbitro de fútbol Héctor Baldassi.

La realidad política de nuestra democracia desilusiona tanto, que a pesar de la obligatoriedad de votar y de las amenazas con multas, se vota cada vez menos. No es la primera elección donde el porcentaje de ciudadanos que no vota es mayor al porcentaje del ganador final del sufragio. Es que si tu voto, sea a quien fuere, no cambia ni un poco la situación política y social ¿para qué tomarse la molestia?

Así queda expuesto por qué estamos como estamos. El camino para revertir esta realidad es exactamente el opuesto, y hay que comenzar a desandarlo con urgencia.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s