Críticas de cine: Django sin cadenas / La noche más oscura / Tesis sobre un homicidio

DJANGO SIN CADENAS.

Si algo hay que agradecerle a Hollywood es el de haber creado el western. Si django-sin-cadenasalgo hay que refutarlo, es el de hacernos creer que la discriminación racial se resuelve con la llegada de un hombre blanco, solidario, con altos dotes, llegado como Jesucristo. La última de Tarantino conforma un equilibrio en ambos. Quizás pueda ser juzgada de puritana. Pero ésta obra, la más narrativamente clásica de su carrera, se moldea no con giros estructurales, sino psicológicos y (ergo) semánticos. A dos años de la Guerra Civil entre Norte y Sur, el héroe negro de la historia abandona las cadenas (Jamie Foxx) gracias a la voluntad de un ex-dentista y cazar-recompensas llamado Schultz. Interpretado por Christoph Waltz, quien pasó de ser alguien más malo que Hitler como lo fue el detectivesco nazi Hans Lara en Bastardos sin gloria, a alguien más bueno que Abraham Lincoln. Django y Schultz sellan un pacto de conveniencia a la hora de “buscar cadáveres” a cambio de que el primero pueda recuperar a su esposa. Esta pareja conforma un panorama inédito en el cine. Los roles psicológicos de ambos van intercambiándose de un lado a otro, sin generar un clima de hostilidad entre ellos. La salvaje escena de un trío de perros, con ironía mosquetera, sería un momento culmine. La violencia se ejerce como una coreografía enchastrada de sangre. A veces tocando el color blanco del algodón. Y es que la misma se contrasta con las primeras tomas de la película: Django encadenado observa la petrificación de la esclavitud en manos del blanco. La blancura será aterrizada por un histriónico Samuel L. Jackson. Secuencias notables, bien al estilo del director, un villano DiCaprio cuya sobreactuación no cae en lo bufonesco y un director que de a poco deja a un lado su sello transgresor al tiempo cinematográfico para refrescar un poco ante tanto desierto tejano.

OBRA MAESTRA

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LA NOCHE MÁS OSCURA.

Luego de que ganaran el Oscar por la brillante Vivir al Límite, Kathryn Bigelow zero-dark-thirty(directora) y Mark Boal (escritor) vuelvan a la guerra. Ésta vez, reconstruirán el operativo que permitió atrapar (y asesinar) a Bin Laden en 2011. Quien estuvo detrás de todo esto es la auto-denominda mother-fucker agente Maya (Jessica Chastain), quien le llevó dos gestiones presidenciales para tal osada búsqueda. Primero la era-Bush, donde la tortura era el pre-concepto para la obtención de información. Y en la era-Obama, donde el fantasma de Guantánamo despejó la fuerza para tomar más la inteligencia satelital. La verdadera trama empezará una hora después, cuando Maya realmente querrá atraparlo por cuestiones personales. La cantidad de tomas gastadas para el precisionismo histórico de la película llega a un gasto tal que los personajes no deslumbran. Algo así como la consumación tan burocrática que genera las oficinas de la CIA. Es curioso como la Bigelow se ha interesado por la obsesión de los hombres, ya sea surfeando o desactivando bombas, que con la llegada de una protagonista femenina la misma no muestra sus dotes. Lo único que ofrece la heroína es escribir números en rojo sobre un vidrio. Parece increible que las dos horas y media no fueran suficientes. La reconstrucción del operativo final, “la noche más oscura”, es lo mejor del filme: la recurrente oscuridad sin luna y las visiones infrarrojas, más el pulso de la directora, deja sin aliento aún en un resultado ya conocido. La mujer llora al cumplir con su deseo. Los hombres se encargan de consolar a los niños luego de ver a sus padres masacrados.

××× Un logro con algunas penas

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TESIS SOBRE UN HOMICIDIO.

En toda historia sobre un crimen policial, en general, quien salga triunfante tesis-sobre-un-homicidiocuenta con la aprobación de su filosofía por parte del relato: ya sea el detective o el perpetrador. En el filme de Hernán Goldfrid parece que no pretendiera hacer tal cosa. No impone una cierta forma de ver el mundo, deja la libre visión del espectador. Ahora, no significa que sea una cuestión inocente. Hay algo retorcido en todo esto. Por un lado, Ricardo Darín interpreta a Bermúdez, un docente y especialista en leyes sobre criminología en donde presencia un cuerpo femenino y desfigurado en la entrada de la facultad. Por el otro, su sospechoso: Gonzalo (Alberto Amman), uno de sus estudiantes e hijo de un amigo que hace tiempo que no lo ve. Ambos conformar una disonancia sobre cierta manera de ver la justicia. El mal está en los detalles: y la película lo sabe. Pero esas partículas diminutas pueden generar realidades tan alternativas como sólo Einstein podría explicarlo. O un cuadro cubista de Picasso. Y es que si bien hay miradas reduccionistas sobre lo que es real, digno de un curso básico de existencialismo en la secundaria, hay una lúdica de parte de Goldfrid que se alinea lentamente en la historia, a través de una atmósfera tétrica. Mientras Bermudez trata de descubrir la verdad (o tratar de tener la razón), el descelance se auto-proclama como tal y quedará todo tan abierto como un show de Fuerza Bruta. Incluso encarnado en algo de detalle como un corta-cartas. Calu Rivero se diluye entre tantas hipótesis, aunque sean solo dos.

×××× Mirala nomás

Críticas de cine: La cabaña del Terror / Lo imposible / Una aventura extraordinaria

LA CABAÑA DEL TERROR.

La combinación entre la Comedia y el Terror es algo recóndito en la narrativa. la-cabana-del-terrorPor alguna razón, existe una química hormonal entre el miedo a lo oscuro y la risa en la luz. Si bien hubo varios intentos, La cabaña del terror no sólo lo logra en forma satisfactoria, sino marcando un género propio. Cinco adolescentes, intencionalmente estereotipados, pasaran el fin de semana en una cabaña, ubicada en una región montañosa. La extraña forma de morir de un ave nos avizora de algo extraño y malévolo. Mientras que un grupo de especialistas con guardapolvos, a simple vista gente corriente, preparan todo para el armado del show. La trama se va tirando con una soltura tan bien acompañada con la vista del espectador. De por medio, momentos que realmente entretienen y a la vez llevan toques inesperados. Y es que la opera prima de Drew Goddard conoce a su reciente público. No menosprecia su inteligencia. Y lo hace entretener con algo tan disparatado como desquiciado. El terror es un divertimento, producto de la habituación hacia ella cuando se es impuesta desde nuestras costumbres. No una, sino de todas. Goddard lo sabe y saca provecho. De ahí que su obra se vuelve universal. Un juego meta-discursivo único e ingenioso.

OBRA MAESTRA

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LO IMPOSIBLE.

Luego de haber hecho una interesante tragedia como lo fue El Orfanato, el lo-imposibledirector Juan Antonio Bayona se tienta por el hiper-realismo. A tal punto que sus papilas gustativas parecen pertenecer a la de un productor televisivo amarillista. La película consiste en la reconstrucción de la historia real de una familia española, pero de habla inglesa, que padecieron el catastrófico tsunami del 2004 en el sureste asiático. Oh casualidad, el papá Ewan McGregor es un preocupado por la estabilidad material y la mamá Naomi Watts una temerosa del exterior. Con una introducción muy breve, la pareja y sus tres hijos se verán enfrentados a la venganza de la Madre Naturaleza. Bayona ya no permite que sus tomas sean las que generan el temor, ahora son la unión de las mismas las que exponen el horror. Y es que las dos insoportables horas no son más que un telefilme con mucha plata. No hay una intencionalidad de ofrecer una contundencia cinematográfica. A lo sumo, mostrar el horror de una catástrofe y de los cuerpos desparramados, con la sangre brotando. Solo la fortaleza de la unidad básica de la sociedad asegura la esperanza de la humanidad. Para el océano, solo hay llantos.

Ø Vade Retro

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UNA AVENTURA EXTRAORDINARIA

Lo que hace una aventura increíble o extraordinaria es aquella que traspase el sentido común. Se podría lograr cuando se haya lo común entre un joven y un una-aventura-extraordinariatigre. O, en el caso más extremo, de encontrarse con una entidad divina. Pero el último filme de Ang Lee, Una aventura extraordinaria, está plagado de cuestiones tan básicas como las fórmulas de las superficies geométricos. La historia del muchacho, llamado cariñosamente Pi, que estuvo ocho meses naufragando en el Pacífico en un bote, acompañado con algún que otro bichito, es el desafío del personaje para demostrar que “existe Dios”. La convergencia de sus tres religiones permiten que sean complementados en este viaje. Pero luego de la pomposa división entre lo racional y lo emocional, que expone el filme, Lee recrea todo una mirada extraída de los decorados de Avatar, El gran pez, Náufrago y algún documental de Animal Planet. La pelea (meta)física de Pi, que encima es vegetariano, terminaría en una isla carnívora como prueba de la presencia de una divina proporción. El amor se vuelve algo superfluo: por un lado, la joven olvidada y pasajera, tanto en el relato como en la cinta de celuloide; y por el otro, la institucionalización en matrimonio como boleto asegurado a la felicidad, pero no sideral como promete la brillantina verde-azul del agua salada.

×× Una apena con algún logro

Crítica de cine: Néstor Kirchner, la película

LO ACTUAL Y LO TRASCENDENTAL

Néstor Kirchner

“Yo soy director de cine. Si una persona puede interpretar qué es una compaginación intencionada es este montaje que acabamos de ver”. Jorge Coscia se refirió a una mini-nota realizada por un programa de televisión en donde fue invitado. Lo mismo podría decir en un pasaje de la última película de su ex-esposa Paula Luque. Facundo Nolasco agradece haber recibido un violín por parte del presidente. Toca el instrumento frente a la cámara. El plano se ralentiza y, por ende, no se sincroniza con la música de fondo. En los créditos finales, vemos que él no participó de la banda sonora del filme.

Néstor Kircher: La película consiste en una construcción alternada. Por un lado, la vida personal del ex-presidente de la Nación, con entrevistas y videos caseros. Allí, se revela su obsesión por hacer los “cuernitos” a quienes tiene al lado. Y por el otro, momentos específicos del periodo 2003-2010, a partir de archivos televisivos. Sobre este último, la selección de acontecimientos pasa por la voluntad presidencial, de allí que la disputa con Uruguay por las Papeleras quedan fuera de libreto. La explicación del contexto se radica a partir de lo surgido por la crisis 2001-2002. El montaje de De Luque expresa su mirada de ese período: fue puro caos.

El dilema pasa por cómo lograr expresar en forma cinematográfica una mirada y lectura política específica de la Historia reciente, luego de ser releída reiteradamente por la televisión. Es decir, la pregunta previa pasa por encontrar un modo de convertir esa observación filosófica explicitada varias veces por televisión, a un lenguaje más adecuado como es la que ofrece la pantalla gigante. De allí que la directora ralentiza muchísimas tomas, a la búsqueda de encontrar un momento fotográfico expresivo, que haya pasado de largo por la caja-boba, como así también las voces en off, sin rostros ni zócalos.

De Luque no es periodista y no busca serlo. La película se la ha juzgado por esa cuestión, cuando en realidad lo periodístico profundiza lo que es actual, mientras que lo documental profundiza aquello que trasciende lo actual. Es lo que separa el cine de la televisión y es lo que la directora de Juan y Eva tiene presente. El problema no pasa porque la película recurre a un discurso ya conocido, ya que al cine se lo debería juzgar más en como pretende expresarlo mediante el lenguaje fílmico. El problema es el filme no se desapega de lo actual, impide que la película alcance esa trascendencia, que todo cine busca. La explicación de Lanata con un mapa es la mejor forma audiovisual de conocer la realidad de los medios; pero la última toma de su rostro sobre el globito de Clarín “televisa” al cine. Es como hacer una comedia cinematográfica con chistes sobre la farándula.

El momento interesante (y más polémica) ocurre con la filmación de una vía del tren disparándose como una bala y la imagen de Mariano Ferreyra aparece difuminado. En esa cuestión, el cine deambula como una analogía, una comparación o una duda. La inquietud se encarna en una construcción con lenguaje propio. Muy alejado de las imágenes de la Patagonia, el Perito Moreno o las mil flores cuando Néstor anuncia que “florezcan mil flores” (lo primero que te enseñan en una carrera de cine es que no filmes un objeto si una voz en off menciona a ese objeto).

Néstor Kirchner: La película es un intento frustrado, en general, de cinematografiar lo que el bullicio periodístico llama El Relato. De Luque ha intentado con determinados recursos tratar de desapegarse al formato televisivo. Pero la filmación de rostros frente a la cámara, en primer plano, nos remite inevitablemente a un spot propagandístico del Fútbol para Todos. El filme lo empieza y lo cierra el hijo, Máximo Kirchner, en una entrevista inédita. La única pregunta de trascendencia es si cambiaría algo en el pasado. Para algunos, su respuesta refleje una mirada talibán.

Nota de color: Por filmar las vías del tren, los créditos agradecen a la empresa UGOFE, responsable económico del asesinato del joven Ferreyra.

× Acto fallido

Crítica de cine: Batman, el Caballero de la Noche Asciende

LA ENCRUCIJADA DEL DOBLE FIN

Las tres películas de super-héroes estrenadas este año, con una aprobación general de la crítica, conforman una línea creciente sobre la madurez cognoscitiva. En Los Vengadores, la apreciación preconcebida y post concebida pasa por el gusto infantil: el contraste de colores, la trama inocente, el show humorístico, etc. En El sorprendente Hombre Araña, el espesor juvenil se enfrenta con sus contradicciones y va a la búsqueda de aquello que ejerce lo malo de uno mismo. Y ahora, la última de Batman ofrece el momento más avejentado. El momento en donde toma conciencia de su final y busca su fin.

La historia transcurre ocho años después de la muerte de Harvey Dent. Ciudad Gotham ha desmantelado la red de mafia. Y Batman es una sombra perseguida en ley y olvidada por las calles. Bruce Wayne (por fin, Christian Bale interpreta a su personaje en forma tan convincente como lo hizo en El luchador) es ahora un ermitaño tipo un Dr. House jubilado. Pero su entusiasmo por recuperar el traje será tras la curiosidad por dos nuevos contrincantes: una es la ladrona de joyas Selina Kyle (Anne Hathaway encarna una Gatubella muy degustable), y por el otro un forzudo con bozal llamado Bane, desertor de la emblemática Liga de las Sombras, ahora con un anhelo de encender El Fuego, a partir del secuestro de un avión en pleno aire o un gracioso ataque a la Bolsa de Valores (“No hay nada para robar aquí”, grita un comprador de acciones. ¿Ah sí?-plantea Bane- ¿entonces por qué ustedes están aquí?”).

Christopher Nolan ha decidido crear posiblemente su película más honesta, retomando la inquietud de la imperfección y su respuesta a una posible mistificación que supera lo terrenal. En El origen pretendía diseñar un cubo perfecto. En Batman: El Caballero de la Noche (la dos) trazaba varias tangentes. Y ahora, con el cierre de la trilogía, Nolan no pretende ser geométrico, a excepción de momentos pretéritos tomado como raspados flash-backs, aunque con la duración necesaria para que el espectador capte su idea. El filme pretende otorgar mucho aire para que sus personajes respiren y piensen. No hay un mega-plan diseñado por el Guasón que configure la trama. Solo pasiones que buscan su sonrisa en el rostro, o que no lo logran. Un plano corto de Alfred con una lágrima es lo necesario para desentrañar lo de adentro. La crispación con el joven Wayne se vuelve más efusiva. Por suerte, los diálogos certeros del guión evitan caer en el culebrón televisivo.

Las escenas de acción no se sobresalen. Incluso algunos se asemejan más al género policial, como también a los thrillers de grandes estafas. Y no está mal. Aquí, todos los personajes secundarios están servidos en bandeja para presentarse y darse sus lujos. El comisionado Gordon (Gary Oldman) es muestra de ello. No tanto de otro nuevito, el oficial Blake (Joseph Gordon-Levitt), cuya razón de existencia es ser una nota de color para el cierre.

Es así que Batman, de a poco, va comprendiendo su razón de ser, de cómo evitar que su ciudad llegue a recibir la Tormenta. La inquietud de clase y el fallido anarquismo son caminos que el hombre murciélago ha transitado en la saga, planteándose una y otra vez si las decisiones del mismo, o el propio miedo como arma, son la clave de llegar a lo alto de la cima. “No nos definimos por lo que creemos, sino por nuestra acciones”, dice una emblemática frase de la primera entrega que, si bien es silenciosa en esta tercera parte, se encuentra presente por doquier.

Batman: El Caballero de la Noche Asciende es un buen cierre de la saga, de una caminata que transita por travesías, del miedo a la vida, de la mentira a la justicia. Si fue o no el recorrido acertado quién sabe, por lo menos se transita. Aunque sea en una nave voladora.

××××× Recomendada

 

Crítica de cine: El Sorprendente Hombre Araña

LA VENTANA INDISCRETA

 

El aporte estético-espectáculo de la película Matrix consistió en la puesta de escena de los FX a partir del mantenimiento de una toma móvil y giratoria. Es decir, una imagen hecha por computadoras, en donde se esquivaba balas, mientras una hipotética cámara giraba alrededor de los protagonistas. Sam Reimi trasladó esa mirada para crear su trilogía del Hombre Araña, para que uno pudiera perseguir al arácnido por los edificios, sin cortes “reales” de por medio, mientras se tejía una trama que los hermanos Wachowski no envidiarían. La versión que se estrenó este año retoma más al clasismo, aunque sin ser un tendencioso del mismo, que a la espectacularidad “matrixada”.

El filme comienza con un quiebre spielbergiano. Un Peter Parker infante que no logra comprender el abandono por parte de sus padres y quedar bajo el resguardo de sus tíos. Allí, pasamos a un estudiante secundario (Andrew Garfield), con la fotografía, el skater y la ciencia como hobbys. La búsqueda por descubrir la verdad paterna será el desencadenante para recibir la picadura de la arañita infectada genéticamente y convertirse en el enmascarado de la ciudad. Que a su vez, llevará al amanecer, bajo la respuesta a un algoritmo (situación ilustrativa para la Teoría del Caos), de un super-villano con forma de lagarto gigante.

El director Marc Webb, quien debutó en el cine con un gran filme romántico como es 500 días con ella, toma conciencia de la contaminación que dejó la saga de Reimi en el espectador. Pero no requiere mucho trabajo para hacer un filme de atinada puntería. El respeto a la trama original, como a la vez ofrecer un cierto dilema sobre la semilla del mal (algo que el director de Arrástrame al Infierno le tardó ocho años en averiguarlo) basta con lograr atrapar al ojo de la butaca en forma más sencilla que capturar una mosca. Como así también, aflojar con la caída estereotipada. De hecho, la figura femenina principal de la historia no es una damisela en peligro, que le complica el trabajo al héroe por tener que salvarla una y otra vez; es directamente su compañera de gran ayuda. La lucha de géneros pasa a ser un proceso compensativo.

Aquí la noche es el escenario esencial de la película. La oscuridad ofrece una fotografía más apegada a la cacería de la araña. La búsqueda de una estrella negra en la muñeca será el sentido de existencia para su instinto animal. Pero Parker ofrece un espacio a su Super-Yo freudiano, a partir de una inesperada discusión con el capitán Stacy. Tanto el protagonista, como por parte del espectador, rebuscan una y otra vez una cuestión que rebasa el sentido del ser. El raspado hacía la filosofía del karma se diluye con el esparcimiento de un mal que se torna capcioso. Es allí donde se vuela lo primordial del filme: tanto el Hombre Araña como para el que lo persigue con el globo ocular, observa un Nueva York devastada no por una sumatoria de crueldades, ni por la amenaza particular del esparcimiento de una nube transgénica, sino como una sombra que es inherente al ser humano, como parte del reino animal.

Por eso, las escenas de combate duran poco. Porque muestra un respeto, en cuanto a tiempo y espacio, para que entre persona y personaje puedan darse un suspiro y descubrir la diferencia entre las decisiones y la responsabilidad. Un mensaje de voz en el celular solo tendrá sentido cuando el que lo oiga logre sentir esas cualidades.

El Sorprendente Hombre Araña es un filme de super-héroes con su propia identidad. Hace reír cuando lo pide, emociona cuando le parece indicado hacerlo y sorprende cuando está dispuesto. Sus interrogantes siguen conformando una gran telaraña que seguramente lo seguirán tejiendo en una secuela.

Nota de color: como toda película basada en las historietas de Marvel, aparece fugazmente el padre de dichas historietas, Stan Lee. Su cameo de cinco segundos es la mejor de todas sus demás apariciones.

Entre un

×××× Mirala nomás

y un

××××× Recomendada

Críticas de cine: Sombras Tenebrosas y A Roma con Amor

SOMBRAS TENEBROSAS

Este filme desencuadrado es la comedia más negra, y verde, de Tim Burton. Si Alicia en el País de las Maravillas se asemejaba más a su ópera prima hiper-infantil, La gran aventura de Pee-Wee, aquí se aparenta a su segunda obra, Beetlejuice, aunque más directo y menos alegórico. Johnny Depp encarna a Barnabas Collins, un emprendedor inglés del siglo XVIII que recibe la maldición de una bruja para convertirse en vampiro. Dos siglos después de ser sepultado, se reunirá con su familia para llevar adelante su vida y buscar un modo de quebrantar el hechizo. El filme conforma una sintonía dispareja, como pretender acumular tramas de distintos episodios en uno solo (precisamente, la peli es la adaptación de un serial de los sesenta). Aunque más que tramas, son modos de emprender una historia. Se abre y se encierra mediante una conjunción cristiana de qué tan sagrada es la sangre, entrando en una densa presentación trágica. En el medio, se moldea la indecisión de buscar su propia identidad cómica. Por momentos, Burton se toma el lujo de sacar provecho a la disparidad intercultural: la idea de un vampiro en una fogata de hippies es genial. Pero a la vez, toma una línea apegada a los placeres sexuales más explícitos. El vampirismo deja de ser una alegoría de los peligros de la lujuria, para pasar a ser una explicitación que termina mofandosé de la cultura gótica, más que revindicarlo por su estética. Por más que la mansión Collins tenga su peso en la obra, aunque su apreciación arquitectónica es más superficial que la que podría haber hecho el director de Sweeney Todd, no es lo suficientemente grande como para abarcar a tantos personajes, ya sea humanos o monstruos, a tal punto que no tienen su tiempo y espacio propio. Una película tan degustable y pasajera, como chupar con mucha sed el cuello de un obrero constructor, aun con su notable improlijidad expuesta, como la que tendría Barnabas al cepillarse los dientes. Pero en algo coincidimos: McDonallds es el Diablo.

××× Un logro con algunas penas

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A ROMA CON AMOR

Hay algo insoportable en esta etapa que vive Woody Allen. Y es su intensa lucha interna en evitar que su Cine se transforme en Turismo. Todas las ciudades tienen muchas historias para contar, pero el paisajismo como fondo peligra en enarcarlos en historietas más particulares que universales. A Roma con Amor es la más peligrosa de todas. Pero hay que reconocer que su frescura impide en ser un filme pasajero. Un policía de tránsito, cuya existencia en el filme es para justificar el argumento, nos comenta que él observa que la capital italiana tiene mucho para contar. Algunos más mágicos que otros. La primera es desigual: dice que habla de una historia de amor entre jóvenes, y concluye con una ducha en medio del escenario. El segundo, una pareja paisana de casados, enredados en amores platónicos en medio de la gran ciudad. El tercero, el genial Roberto Benigni que de un día para el otro es perseguido por paparazzi, aunque su momento de lujo será su última secuencia. Y finalmente, Alec Baldwin regresa a su barrio natal y reconstruirá su amor casi posible, que al revés de Benigni, tendrá un comienzo extraordinario pero su placer caerá lentamente como la torre de Pisa. A pesar de los momentos inservibles de la obra, hay un cierto agrado de ver nuevamente al director de Annie Hall frente a cámara, con sus comentarios hiperbólico, neurótico y directo, como así también las encrucijadas freudianas expuestas por su esposa. A Roma con Amor es una de Allen como Sombras Tenebrosas lo es para Tim Burton, momentos en donde directores con identidad propia toman sus gustos más para el disfrute durante una vuelta de reloj. Igual para un espectador al salir de la sala. Eso sí: la Penélope Cruz de rojo, y con voz tana, es tan apreciable como una grande de muzza.

××× Un logro con algunas penas

Crítica de cine: Elefante Blanco

LOS MINOTAUROS DE TRAPERO

Una vez escribí que Pablo Trapero era el Leonardo Favio de hoy. Lo que tienen en común es que sus personajes (por lo menos los principales) son el punto de apoyo de una palanca de primer grado (de un subi-baja, para esquematizarlo mejor). En un lado de la barra, está la Fuerza o Peso de sus emociones. Y por el otro costado de la barra, la Resistencia del entorno. En los relatos favianos y traperianos, con sus resoluciones trágicas, en general termina ganando la Resistencia. Pero en el caso de Elefante Blanco, la palanca termina quedando equilibrada.

Ricardo Darín es el padre Julián. Institucional por estratega, tercermundista por convicción. Debido a que su salud está siendo profanada, viajará a Brasil en busca del padre Nicolas (Jérémie Renier) para que lo ayude a mantener su emprendimiento de construir un lugar digno en ese costado recóndito de Buenos Aires. Los disparos no lo dejarán dormir a Nicolas en su primera noche.

Es de resaltar como este actor, que estaba viniendo de los hermanos Dardenne, logra mostrar su soltura en este ámbito cultural específico. Y el filme se aprovecha de esa particularidad extracinematográfica cuando los pibes le preguntan cómo se dice, en francés, mierda o la concha de tu madre.

Los típicos planos secuencias del director van reflejando el costado laberíntico de la villa. De lo más tranquilo, que va de un recorrido por el hospital abandonado hasta la capilla; a lo más claustrofóbico, cuyo punto culmine será la muerte; hasta una represión.

Y es que los personajes terminan siendo como minotauros, creados por este propio laberinto. Seres que se devoran unos con otros, ya sea por el paco como también por el abuso policial. Es así que Trapero se pone en el rol de un cuestionador. Alguien que se plantea así mismo sus propias preguntas sobre el mundo que nos (o les) tocó. La referencia de homenaje al padre Mugica, al final de la película, con la acotación de que su asesinato no ha sido esclarecido, es de esa postura en donde se cuestiona aquello de los horrores de hoy con los de ayer.

Ese mismo amor que menciona Julián, con la imagen de Mugica a su espalda, es algo que Trapero trata de esclarecer así mismo. Es la duda que lo explicita, sin necesidad de buscar. Por eso la película es inferior a Carancho, porque en el filme de los corre-ambulancias, el buscador va recorriendo las calles, desde la agilidad de un ave de rapiña, captando a través de sus sentidos. O sea, a través del cine. Y si de historias de amor se trata, el amor imposible que emergerá en Nicolas junto con el personaje de Martina Gusman es más acoplado que imposible.

Elefante Blanco no es una de las mejores de Trapero. Es la dicha por entender y tratar de hallar algo, sin siquiera buscarlo. Quedarse con la imagen de ese edifico que el propio Alfredo Palacios se le había ocurrido, y de ahí plantear su interrogante existencial por donde habitan esas criaturas. Quizás el consejo de Pity Álvarez tenga que ser mejor escuchada, darse el gusto por las cosas que no se tocan.

×××× Mirala nomás